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Pbro. Armando González Escoto

Pbro. Armando G. Escoto

En el vocabulario actual de la sociología, el concepto de flotabilidad nace para definir a una persona o a una sociedad que ha perdido sus raíces, su arraigo, sus convicciones, lo cual explica el que “flote” sobre las aguas de la realidad moviéndose hacia cualquier sitio.

Para diversos sectores del mundo global, la flotabilidad no es un problema sino justamente una solución que permite el libre tránsito del capital humano, mientras más libre… más manejable y útil para los intereses mundiales, sobre todo en el ámbito financiero, laboral, empresarial, lo cual supone una movilidad también en el campo personal y familiar, es decir, una persona sin lazos familiares es más fácil de mover, una persona sin convicciones religiosas, éticas o patrióticas, colabora con mayor agilidad en cualquier proyecto que exija esta carencia.

En el escenario actual de nuestra diócesis se puede observar una nueva y abundante comunidad de católicos “flotantes”, o sea, católicos que conservan referentes religiosos más bien culturales, pero que ya no incluyen convicciones firmes o arraigos éticos fuertes y estables, en cierto modo son cristianos que lo creen todo, pero sin comprometerse con nada, al ser flotantes siguen cualquier corriente y pican cualquier anzuelo.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Las explicaciones son tanto externas como internas; externamente hemos vivido la llegada abrumadora de una nueva civilización que se construye todos los días, con base en principios y valores que ya no son cristianos ni quieren serlo, y que se divulgan y multiplican sobre todo a partir de las redes sociales, cuyos usuarios más abiertos y por la edad, más vulnerables, son las nuevas generaciones. Esta civilización secular ha procedido a relativizar el pensamiento cristiano y promover modelos sociales alternos, distintos y contrastantes, que se presentan como más efectivos, prácticos e inmediatos a la hora de resolver las grandes y las pequeñas cuestiones de la existencia.

Los católicos expuestos a esta situación, primero dudan y al final, sin resolver las dudas, optan por este nuevo estilo de vida sin renunciar necesariamente a esos referentes cristianos como pueden ser la práctica eventual de ciertos rituales, la participación esporádica en eventos religiosos, la creencia cada vez más vaga en un Dios que cada vez se hace más del tamaño del creyente.

Internamente la Iglesia no ha podido todavía generar una evangelización y catequesis atrayente, novedosa y creativa que opere justamente en las redes sociales a tenor de los nuevos lenguajes; no tenemos catecismos virtuales ni centros de producción que generen este tipo de productos, tal vez ni catecismos apoyados mayoritariamente en recursos audiovisuales.

Tampoco hemos podido superar ese síndrome de claustro que nos hace pensar que nuestros planes y proyectos darán resultado sin que tengamos que salir de nuestro ambiente. Adicionalmente, en un mundo que sólo se deja mover por campañas mediáticas, recurrentes e impactantes, la Iglesia sigue ausente; no es que ignore lo que está sucediendo, lo que ignoramos es como responder a ello en tiempo y en forma.

@arquimedios_gdl

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