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PBRO. ARMANDO GONTZÁLEZ ESCOTO

Ante el aguacero de campañas políticas de todos los partidos habidos y por haber, el ciudadano sensato debe de estar muy atento para no caer en el juego de la mercadotecnia. ¿Ha oído usted hablar de ofertas increíbles de tal o cual tienda? ¿De rebajas hasta del 50 o 60 por ciento en tales o cuales productos? ¿De un “buen fin” en que, casi le regalarán las cosas? ¿Y se lo ha creído? Bueno, pues a todos esos anuncios publicitarios de ofertas, gangas, remates y rebajas se le denomina “mercadotecnia”, y ¿qué es mercadotecnia? Algo así como el arte de engañar a la gente para que compre o adquiera tal o cual cosa por ser de la mejor calidad y estar al menor precio. Pues sepa que también los partidos políticos pagan abundantes sumas para tener una muy buena mercadotecnia, y lo mismo hacen sus candidatos.
Discursos prometedores, mítines, banderitas de todos los tamaños, camisetas, gorras, aplausos, mensajes y publicidad en radio, cine, revistas, periódicos, televisión, internet, redes sociales, abrazos y besos a niños, viejitos o enfermos, vestuarios adecuados que van del sarape al traje sastre, según el caso, gesticulación, gritos y consignas, todo eso es pura y simplemente “mercadotecnia”, ¿se la va a creer?
Debería existir una ley de ratificación de mandato por la cual, al año o dos años, dependiendo de la duración del mandato, los funcionarios elegidos de todos los niveles y de los Tres Poderes, fueran ratificados o destituidos según los resultados observados; de esta manera si fue por la siempre engañosa mercadotecnia que obtuvieron el puesto, que sea por los resultados que lo conserven.
Pero ¿No existe ya una ley que va más o menos en esa línea?, sí, la han llamado de “revocación” del mandato y, ¿entonces, por qué razones no opera?
Pues porque por encima de cualquier ley y de la voluntad soberana del pueblo, lo que impera es un sistema político que protege a todos los funcionarios, del partido que sean, a cambio de mantener el estatus vigente de la realidad sin afectar los grandes intereses de quienes se benefician de tal estado de cosas. Ya pueden los partidos pelearse en público hasta en los tonos más agraviantes, en privado todos están al ser vicio del sistema gracias al cual tienen el cargo y lo conservan, pese a cualquier amenaza de revocaciones o ratificaciones. El océano de la corrupción política en México tiene la capacidad de salinizar hasta el más poderoso torrente de agua potable.

Dejar de emitir el voto, hastiados por este pantano que parece insalvable, sería exactamente lo que el sistema quisiera: que el desánimo ante los resultados nos llevara al desánimo frente al deber de votar, con lo cual la enajenación política de la sociedad estaría completa, y el sistema seguiría triunfante haciendo lo que le convenga. Pero ¿No es votando que se le da igualmente un respaldo al sistema? Si sólo nos contentamos con votar, sí.

armando.gon@univa.mx

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