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VICTOR ULÍN

Apenas el alba puntea en el horizonte, los observamos hurgando entre las bolsas y cartones hacinados en las esquinas.
Unas horas antes, por la noche y la madrugada, los perros y los gatos romperán las bolsas y la cajas de cartón para buscar algo de comer y después se irán.
Dejarán el resto, ya espulgado, para los pepenadores.
Entre las 5 y 7 de la mañana llegan niños, jóvenes y adultos buscando entre la basura algo que se pueda vender (cartón, fierro, plástico, electrodomésticos, colchones) o usarse (ropa, zapatos, sillas, sillones).
En su triciclo, los más adiestrados, meten lo que quepa. Algunos llevan a los hijos pequeños que juegan con lo que papá y mamá acaban de encontrar. La familia nunca se separa.
Luego, pasará el carretón de basura y los trabajadores de limpia recogerán lo que les quede. Alcanzarán algunas botellas de plástico o cartón cuando algún vecino saca de último momento su bolsa de basura. También se llevan algo para vender.

La escena en varios actos se repite una y otra vez quién sabe a partir de cuándo llegó a ser invisible frente a nosotros. Bueno, para una gran mayoría de la ciudad. Para unos pocos son personas a las que conocemos hasta por su nombre y le damos los buenos días cuando nos dicen o le decimos.
Muy pocas veces nos preguntamos quiénes son, dónde viven, o por qué de pronto dejó de pasar por la madrugada a seguir hurgando la basura.

Cuando los conocemos un poco, sabemos que si echamos los pedazos de un vaso de cristal debemos envolverlo en papel para que no se corten las manos si las meten sin cuidado y así para todo aquello que resulte nocivo. Vale también para el trabajador de limpia que llegará luego y es al que usualmente vemos si salimos a las 8 o 9 de la mañana a nuestras actividades cotidianas.
Los que llamamos pepenadores (que según el diccionario, es el que rebusca en la basura o vive de reciclarla) son parte de este diario retrato de la realidad mexicana que no podemos omitir ni soslayar aunque lo intentemos. Son una parte de esta larga cadena alimenticia de un sistema social injusto que, paradójicamente, así se ha venido sosteniendo hasta ahora.
Parece que no hay una salida para ofrecerles un mejor destino. Los que pepenan no fueron a la escuela, ni tampoco lo harán sus hijos que están aprendiendo el duro oficio de hurgar en la basura. No los alcanza la beca del gobierno, y sólo la pensión si el pepenador es “persona adulta mayor”, según el criterio oficial del gobierno.
Cuántos de nosotros nos asqueamos cuando tenemos que revisar la basura antes de dejarla en la esquina, y no aguantaríamos ni un sólo día de trabajo. “Para eso están ellos”, pensará más de uno.

Están entre nosotros, son parte de nosotros. Si tiene la oportunidad de verle en una de esas tantas mañanas que pase por la esquina de su casa, dele los buenos días, trátelo como su igual y respete su trabajo que es tan importante y digno como el suyo en el que pasa 8 horas en su oficina, sin tener que soportar el sol, la lluvia. La pobreza.

@arquimedios_gdl

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