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Querida Lupita:
Mi esposo me fue infiel. Yo no puedo seguir adelante con alguien en quien ya no confío. Desde novios le dije que nunca perdonaría una infidelidad. Ahora el cree que por pedirme perdón debo perdonarlo. No puedo, ¡no quiero!, pero mis hijos están sufriendo y eso me detiene. Me siento condenada a la amargura.
Ma. De la Luz O.

Hermana mía, Mariluz:
Perdonar no es humano sino divino. No es posible para nosotros perdonar lo que consideramos imperdonable. Surge en las entrañas del corazón ese ¡no quiero!. No es justo, no lo merezco, ¿por qué a mí? Sólo Jesucristo habla de un perdón necesario para la vida. Nadie más, ninguna forma de pensamiento plantea el perdón como lo hace Él. Nuestra búsqueda genuina de justicia afirma: “el que la hace la paga”.

Pero llega Dios a la tierra y sus palabras nos desconciertan:
Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: —Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? —No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces —le contestó Jesús. (Mt. 18, 21-22) No queremos perdonar pero nos damos cuenta que es necesario. Piensas en tus hijos a quienes amas y no deseas que sufran. De pronto sabes que es renunciando a ti misma que puedes salvarlos. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn. 12, 24).

Pero ¡el perdón cristiano no engendra amargura sino vida nueva!
Ana y Gerardo pasaron por infidelidad. Habían llevado el tema hasta el divorcio. El día en que daban la firma final, ella lo hizo pero él se detuvo. Algo muy dentro le decía que eso no solucionaría nada. Pensó en sus hijos, renunció a sus criterios y en el nombre de Dios decidió no firmar: “no quiero divorciarme”, dijo al abogado. Se levantó y salió de ahí decidido a luchar por la unidad de su familia.

Ana interiormente estaba feliz por aquel acto. Se dio cuenta de que no quería acabar con su matrimonio, solo quería acabar con sus problemas. Se perdonaron mutuamente, renovaron su hogar comprendiendo que sólo Dios nos da la capacidad para perdonar lo que nos parece imperdonable, para morir a nosotros mismos por un bien mayor.

Imposible perdonar si no reconocemos nuestra propia pequeñez y recurrimos a Dios.

Lupita Venegas/Psicologa
Facebook: lupitavenegasoficial

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