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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

La Real Academia de la Lengua define la compunción como el movimiento del espíritu al sentimiento de dolor por alguna culpa o delito, identificándolo con la parte subjetiva de la contrición. Hemos de aclarar que la contrición es un acto de la voluntad, en la que no necesariamente juega un papel preponderante la emoción o el sentimiento. Sin embargo, por su naturaleza, exige la compunción, como movimiento del ánimo que se dirige al corazón, sede de sentimientos, para que punce, como espina que se clava y hiere hasta las lágrimas.
De la compunción ha hablado el Papa Francisco, el Papa de la Misericordia, dirigiéndose a su presbiterio, como Obispo de Roma, en la Misa Crismal del Jueves Santo. En cuanto Pastor Universal, sus palabras también son dirigidas a todos los Presbíteros de la Iglesia. Decía el Papa que, a ejemplo de Pedro, el Apóstol, los Sacerdotes deben llorar con lágrimas de compunción sus pecados. Las lágrimas que Pedro derramó cuando intercambió la mirada con Jesús, esa mirada que llegó hasta clavarse en el corazón del pescador, cambiaron su vida al liberarlo de convicciones y justificaciones falsas, de expectativas personales sobre el mesianismo de Jesús, que seguramente fue generando en su mente y en su corazón.
A partir de las fecundas lágrimas de Pedro, el Papa invita a los Presbíteros del mundo precisamente a la compución, es decir, al arrepentimiento que punza el corazón hasta hacer derramar lágrimas de dolor, pero también de confianza en la misericordia del Señor, puesto que “la curación del corazón de Pedro, la curación del Apóstol y la curación del pastor son posibles cuando, heridos y arrepentidos, nos dejamos perdonar por Jesús”, dijo el Papa.
La compunción, aclara el Papa, no se identifica con los sentimientos de culpa ni con el paralizante escrúpulo, tan característico de aquellos que tienen más puesta la mirada en sí mismos que en el Señor, por lo tanto, tampoco puede ser la lástima de uno mismo ni con la autocompasión egoísta que espera que otros lo miren para que lo levanten. La compunción no produce angustia ni desesperación, como en el caso de Judas, sino que es el dolor del corazón cuando, reconociéndose pecador, se entrecruza la mirada con el Salvador y se mira el propio mal desde el amor recibido, se pide y se recibe la acción del Espíritu que hace brotar las lágrimas, como las aguas santas del Bautismo, que purifican y liberan. Es compunción sólo cuando se mira al Crucificado que tanto nos amó y murió por nosotros, para redimirnos de nuestros pecados.
Por otra parte, el Papa enseña que cuando el Sacerdote se reconoce pecador y llora sus pecados se solidariza con los pecadores, a los que no puede juzgar y condenar, puesto que conoce el verdadero dolor de los pecados. La compunción lleva al Presbítero a hacerse cercano a los fieles a los que mira como Jesús, con misericordia solidaria, dejando que su corazón compungido dé fruto regado por las lágrimas de la gracia.

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