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Pbro. Cándido Ojeda Robles

Te conocí bisoña,

 aunque tenías ya muchos años.

Para mí eras nueva

y hermosa,

grácil,

virgen.

Eras tan limpia, tan recatada

y tan olorosa a fantasías…

que muy pronto

me fui enamorando de ti.

Me encantaba tu aliento

de niña mujer.

Antes del amanecer

me despertaban las campanas

de tus hermosos templos,

 y tú te ponías, rendida y devota,

 a rezar conmigo y yo contigo.

Los ríos de primaveras,

que se encendían de un día para otro,

dando fin al invierno,

corrían por mis ojos, ávidos de ti,

llenándome de vida y regocijo,

y tu aroma de rosas floreciendo,

aleteaba por tus calles

perfumando toda tu alma y todo tu cuerpo

y mi alma y mi cuerpo también.

Las tormentas del verano

aullaban como lobos hambrientos,

hasta que un sol, redondo y naranja,

las apaciguaba aquietando el ambiente

y riéndose de nuestro asombro a medio cielo.

En otoño, los valles que te envuelven,

se llenaban de espigas esplendentes

y luego de frutos dorados,

que gozábamos todos nosotros,

y los miles y miles de gentes,

que venían a acompañarnos

para llevar gozosos a la generala,

rezando, cantando y danzando,

alargando nuestra fiesta hasta su santuario.

En invierno, todos los que venían a conocerte,

te admiraban porque andabas feliz así,

descalza

y livianita,

casi apenas sin cubrir

tus innumerables encantos.

Por eso, por todo eso

y por más de eso,

nuestro amor

se fue haciendo realidad

en ti y en mí.

@arquimedios_gdl

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