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A LA MEMORIA DE CRISTINA PACHECO, MI PRIMERA INSPIRACIÓN VÍCTORULÍN

Nos gusta que cuando vamos a un restaurante nos atiendan bien. A cuerpo de rey. Lo que nos merecemos. Por lo que pagamos, decimos mientras nos acomodamos en la silla, sea para consumir un platillo gourmet o un buffet en el lugar más modesto o refinado.
Pero cuando llega el momento de pagar y el mesero nos pregunta si dejaremos o agregaremos propina a la cuenta, más de uno frunce el ceño, casi siempre los más pudientes, y le decimos al mesero que añada el diez por ciento, aun cuando la atención haya superado las expectativas.
En su defecto, somos implacables y nos las cobramos dejando el cinco por ciento, o nada, cuando el mesero pregunta de nuevo si deseamos agregar la propina a la cuenta.
Los hay, y muchos, los que celebran por haberse ido sin dejarle propina al mesero, y al día siguiente van a Misa de las 12 a refrendar su bondad y humanismo, o los que responden que “no nos atendieron bien” sin que sea cierto.
Lo que muchos ignoramos es que el mesero que nos atendió, cobra el salario mínimo, trabaja 8 horas y muy probablemente tiene otro empleo, de velador o jardinero, para poder mantener a su familia. Que la propina que le damos por atendernos es lo que hace la diferencia en su día a día.
Para un mesero, lo más cruel e injusto, sépanlo, es que su propina la paguemos con la tarjeta de crédito o débito.
Tendrá que esperar una semana, si bien le va, o hasta uno o dos meses para que los administradores del

restaurante le paguen su propina. Para entonces, ya no hay certeza de la cantidad y suele llegar demasiado tarde para resolver alguna diaria necesidad.

Para un mesero, la propina en efectivo es lo mejor que puede pasarle en el día. Es dinero líquido que se suma al presupuesto deseable y que ayuda mucho más cuando es inmediato. Ningún mesero le compartirá que si le da la propina en efectivo lo ayuda en su economía familiar, pero mientras le agrega el diez por ciento a la cuenta de la tarjeta que introduce en la terminal, desearía haberlo hecho.

Hay también los que, sin el hábito ni la sensibilidad, arguyen que la propina no es una obligación para darle al mesero que los atiende. Es una salida falsa para justificar su insensibilidad social, su ausencia de empatía, y bloquear la conciencia por un instante. Un triunfo pírrico para el leguleyo o el que se ufana de salirse siempre con la suya.
Aunque no lo sepa y él tampoco se lo diga, en silencio celebrará con una sonrisa cuando nos dé las gracias por haberle dejado su propina en efectivo.
Usted, o yo, le habremos hecho el día.
Quizá éste hoy pueda comprarle el pastel a su esposa, el juguete a su hijo o juntar para pagar una consulta al médico.
Y aunque cueste creerlo, para el pasaje del autobús al trabajo o el taxi de regreso a casa, si es que hoy le toca atendernos en el turno de la noche.

@arquimedios_gdl

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