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Víctor Ulín

En el norte de Chiapas, Tila es un municipio que conocíamos más por su celebración religiosa de todos los años. Miles de peregrinos de gran parte del sureste mexicano acuden a venerar al Cristo Negro, “Señor de Tila”.
Hoy está prácticamente desierto.
Desde hace poco más de dos semanas entre 4 mil –según cifras conservadoras de las autoridades estatales del Estado de Chiapas– y de 12 mil personas, –de acuerdo con versiones no oficiales– decidieron huir de sus casas, abandonando lo mucho o poco que tienen, a partir de que comenzaron a sufrir el ataque de un grupo llamado los “Autónomos”.
Muchos de los desplazados se fueron a Yajalón, cercano a Tila. Tienen miedo.
Ni la presencia de los militares ni de la Guardia Nacional les dan la seguridad para volver a sus casas. Prefieren seguir siendo desplazados en su propia tierra hasta que puedan volver a caminar y a estar seguros en sus casas.

En Tila ni el miedo se quedó en sus calles. Las imágenes de las casas y autos quemados conforman el paisaje desolador y triste.
Solo hay militares y guardias civiles que simulan un control de la zona que no tienen, como en muchas partes del país y de Chiapas.
Días antes de que Tila se volviera un pueblo fantasma, las familias por cientos salieron al mismo tiempo del municipio por temor a vivir las agresiones que otros padecieron. Se llevaron en sus espaldas literalmente lo que pudieron.

En Chiapas, y ahora en Tila, ser desplazado en cualquier momento es una condición desde que se nace. Antes fueron los grupos paramilitares o guardias blancas que provocaron el desplazamiento de familias que terminaron viviendo en las montañas debajo de unas carpas, como lo atestiguamos, de hecho, allá por 1997, cuando la Matanza de Acteal, tres años después del levantamiento zapatista.
La vida de un desplazado es un calvario. Ahora pareciera que no tanto porque los militares han instalado cocinas móviles que los alimentan y le ofrecen una seguridad pasajera. Pero dormir en un lugar prestado, con frío, con limitaciones, en la incertidumbre, es un sufrimiento que tienen que soportar para salvar sus vidas ante los ataques de quienes, en los hechos, son los que mandan por acá.

Hasta el momento de escribir, la batalla la estaban perdiendo el Ejército y la Guardia Nacional. No había ciertamente presencia de los “Autónomos”, pero las familias de Tila saben que apenas se vayan, volverán a padecer la violencia. Es lo que ha sucedido en todos los lugares donde los cuerpos de seguridad llegan para garantizar una paz efímera, endeble. Los que se quedan son los que tienen que vivir de nuevo en la zozobra. Ya nada vuelve a ser igual.

Los habitantes de Tila, tarde o temprano, tendrán que regresar a sus casas, a su tierra, porque aquí tienen lo que han logrado en su vida.
Pero no se quedarán ni estarán solos cuando los militares y los guardias se vayan. No lo han estado realmente nunca.

En el corazón de este municipio, también muy pobre, les quedará la protección del Cristo Negro, “Señor de Tila”. Su fe y la esperanza de que llegue la normalidad otra vez a sus vidas cotidianas.

@arquimedios_gdl

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