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Psi. Alejandro Calera Suárez, Jefe de Ciencias de la Salud UMG

Recuerdo hace algunos años cuando la directora del prescolar del colegio al que asistía mi hijo, nos citó para platicar con nosotros, en aquel entonces mi esposa y yo extrañados, supusimos que algo andaba mal; según los cálculos y expectativas del colegio, mi hijo para su edad, tenía que decir cierto número de palabras y durante los recreos, debía balancearse en el columpio o andar en el triciclo de una manera particular, su marcha de puntitas y su poca emotividad, sugerían a los directivos de la escuela que mi hijo era diferente a los demás niños y que quizás ese pomposo colegio reconocido por su alto rendimiento, no representaba ser el mejor lugar para él, menuda conjetura la que insinuaron aquellas personas.

Desconcertado todavía en aquella reunión, volteé mi rostro buscando la mirada de quien entonces era todavía mi esposa, su mirada no podía ocultar su angustia, acaso es que mi hijo tiene “algo”, seguro se preguntó y cual padres primerizos, ambos no supimos qué decir ante tal revelación. Salimos de aquella fatídica reunión, confundidos y preocupados, viendo todavía la inocencia de aquel lindo ser que no tuvo nada que ver con su propia creación.

Con cierta resistencia, seguimos las indicaciones, acudimos con un experto en temas de educación especial; “rasgos del espectro autista” fue la primera sospecha de aquel renombrado especialista, suspicaces aún y con la ingenua ilusión de un padre temeroso de que su hijo pudiera tener “algo”, decidimos corroborar con un par de especialistas más, la sospecha de un autismo se mantenía pero el diagnóstico no era franco, unos decían que sí y otros decían que no;  mientras tanto, nuestro hijo seguía creciendo, al final decidimos cambiar el rumbo académico y aquel suntuoso colegio ubicado al sur de Zapopan, por la Tijera,  cedió su lugar a una formidable casa en la colonia Ciudad del Sol; los fríos y obscuros muros de concreto se convirtieron en ventanas que permitían entrar la luz del sol y admirar los frondosos jardines del patio trasero de aquella casa, en este nuevo colegio se entendía muy bien lo que un día fue la inspiración de un hombre como Pierre Faure; quien promovió la educación personalizada, modelo educativo que aunque no se promueva en ocasiones así, es inclusiva en sus principios, entiende muy bien los derechos de todas las personas, con discapacidad o no, siguen siendo personas y las diferencias son solo cualidades; el cambio en mi hijo fue inmediato,  sin comunicarse límpidamente con frases complejas, su sonriente rostro nos decía más que mil palabras, se veía feliz, cual reina de primavera ahora pasaba por los pasillos saludando a quien se encontrara en su camino y preguntando ¿a qué jugamos? …algo no muy común en un niño con rasgos autistas, ¿cierto?

Al parecer la aceptación y el respeto de aquellos directivos y docentes de la peculiar forma de ser de mi hijo, comenzó a rendir sus frutos, mi hijo recibió el trato que por derecho le correspondía según la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad, aprobada en el 2006 por la Organización de las Naciones Unidas, donde se promueve que todas las personas con discapacidad puedan desarrollarse en igualdad de condiciones. Afortunadamente México ratifica dicho protocolo en marzo del 2007 comprometiéndose como país a promover y proteger los derechos de las personas con discapacidad, actualmente Iker está en la antesala de la secundaria y su rostro sigue siendo el de ahora un adolescente feliz. Mientras tanto yo como padre sigo valorando y aplaudiendo a los colegios como los Maristas que incluyen en su filosofía una mirada inclusiva.

@arquimedios_gdl

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