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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN

En 1992, para definir a la “mentira emotiva”, Steve Tesich recurrió al término inglés de “post-truth”, postverdad. El contexto en el que por vez primera se utilizó esta palabra fue la guerra del Golfo Pérsico, justificada políticamente en una mentira sobre el supuesto peligro nuclear de Irak, lo que supuso una aprobación a la intervención militar de forma casi unánime de la población en general. El filósofo inglés Anthony C. Grayling afirma que la postverdad tiene un espectacular auge social a partir del descontento social a causa de la crisis económica de 2008 y extendido por las redes sociales, en los que se supera cualquier criterio de veracidad.
La postverdad se utiliza, sobre todo, en el ámbito político o social para que, desde el poder, sea mediático que político o ambos, se generalice una mentira como verdad. Se recurre para la manipulación de masas por medio de las emociones y sentimientos para justificar o reinterpretar las fallas evidentes de los gobiernos o del engaño de los contendientes en tiempos electorales.
Algunos ejemplos los podemos encontrar en la campaña y la presidencia de Donald Trump, que exaspera los ánimos de sus electores o de sus seguidores de forma emotiva diciendo algunas mentiras como el peligro apocalíptico que supone la migración; la negación del cambio climático como amenaza para el desarrollo económico; la culpabilidad de los gobiernos anteriores de los problemas más graves de la sociedad; etc. Todas las mentiras dichas por este personaje son aceptadas y defendidas como verdades por quienes en él han puesto su confianza, casi como un líder mesiánico de corte religioso, pero sin sustento real e incluso a veces contra los datos objetivos de la ciencia.

Uno de los recursos más queridos y requeridos de quienes utilizan la postverdad es el “microtargeting” que es la herramienta de la mercadotecnia para influir en las decisiones de las personas, basados en los algoritmos que utiliza la inteligencia artificial para indicar, por páginas visitadas o las búsquedas por línea en las computadoras o teléfonos inteligentes, los intereses personales para ir creando grupos artificiales que reciban la información que sólo les pueda interesar, distanciándose así de la objetividad, sobre todo cuando se trata de posturas políticas, que se van radicalizando cada vez más. De modo que cada uno recibe información de su propia verdad para poder reafirmarse y seguir manteniendo cotos de poder a precio de fidelidad incondicional. El criterio de veracidad, entonces, no es ya la objetividad de los datos sino la afinidad emocional al líder político que utiliza todos los medios de información para hacer propaganda a favor suyo y de sus intereses.
Como ciudadanos y cristianos debemos tener siempre una gran capacidad de discernimiento, que se sostiene por el uso de la razón y no de la emoción, para desenmascarar la “mentira emocional” o postverdad que se nos quiere imponer. Exijamos datos, objetividad, pues los gobernantes y políticos de todos los colores, casi siempre, nos quieren dar gato por liebre.

@arquimedios_gdl

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