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En un pasaje evangélico muy familiar, observamos el comportamiento de dos hermanas, Marta
y María, que un día invitan a su casa al Señor.
Por la forma en la que recibieron a Jesús, nuestra tendencia es reprobar a una y aprobar a otra, o condenar el proceder de una y salvaguardar el comportamiento de la otra. Es natural. La forma de proceder de estas dos hermanas, de alguna manera, nos representa a todos.
Lo que deducimos de las palabras de Jesús y de lo que hace cada una de ellas es que, como señala el Señor, María escogió la mejor parte para recibir y tratar a su huésped, sentarse a sus pies y ponerse a su escucha, que es lo verdaderamente importante para nosotros, discípulos de Jesús.
No olvidemos que en el Evangelio de san Lucas, en el recorrido hacia Jerusalén, el Señor va instruyendo a sus Apóstoles.

En la vida cristiana, que es un camino, lo más importante debe ser querer escuchar a Jesús, reconocerlo como nuestro único y verdadero Maestro.

Porque vamos tras sus huellas, vamos recorriendo el sendero de la vida cristiana con Él. Nuestra tarea es ser discípulos atentos que escuchan, que aprenden de Jesús.
El otro aspecto de la vida cristiana es el que se manifiesta en el comportamiento de Marta. No podemos vivir escuchando a Jesús, solamente. Lo que prendamos de Él es para que lo reflejemos en nuestro compromiso y en nuestra acción en favor de los demás.
En la medida que escuchamos a Jesús con autenticidad, con verdad, vamos a vernos comprometidos a hacer el bien a los demás. Ni una cosa sin la otra.
Si solo hacemos lo de Marta, vamos a caer en el activismo, en hacer las cosas eficientemente, quizás, pero no vamos a buscar ningún bien específico, y no vamos a sentir verdaderamente que estamos construyendo el bien.

Nuestra cultura, en el momento que vivimos, tiende mucho a esto, a buscar ser eficientes, a actuar con rapidez para ganar tiempo, para tener mejores recursos y crecer en nuestro profesionalismo, pero muchas veces, eso que buscamos en el activismo no tiene nada que ver con reconocer a Jesús como nuestro verdadero Maestro y Señor.

Las dos cosas son importantes, oración y acción, pero primero escuchar a Jesús, y luego proyectar lo que aprendimos de Él en el servicio y en la atención a los demás.

La acción en favor del prójimo es importante, pero que se desprenda del conocimiento, de la escucha y del ejemplo que nos da Jesús.
En este contexto se nos habla también de una virtud que debemos fomentar en nuestra vida cristiana, la
hospitalidad.
En el prójimo, en el hermano que sufre, en el necesitado, contemplemos a Jesús y sepamos acogerlo. Ser hospitalarios con todos nuestros hermanos, porque en cada uno está la presencia de Dios.
Acoger a un hermano es acoger al mismo Dios; acoger a uno que sufre, que está verdaderamente necesitado, es acoger al mismo Jesús. Ya lo dijo Él: “Tuve hambre y me diste de comer…” (Mt 25,35 ss). Acoger a un hermano, por lo tanto, es acoger al mismo Cristo, al mismo Dios.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo

@arquimedios_gdl

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