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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN

En la creación del Pontificio Consejo para la Cultura, en el ya lejano 1982, el Papa Juan Pablo II decía unas lúcidas y profundas palabras:
«Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente profundizada, no enteramente pensada, no verdaderamente vivida». La fe, pues, se hace cultura; no puede ser indiferente a la cultura entendida como la cosmovisión de un pueblo, sus valores, sus principios, sus estructuras sociales, su folclore, la generación de las bellas artes, etc.
El cristianismo, junto al pensamiento griego y al derecho romano, ha gestado la cultura occidental que se ha universalizado por la influencia de Europa en todo el mundo, tanto por la colonización como por la tarea misionera de las Iglesias cristianas.
Como matriz cultural, el cristianismo ha jugado un papel protagónico en el desarrollo de nuestras sociedades y en la forma en como nos organizamos. Por ejemplo, la comprensión del concepto de persona nació y se fue profundizando en las disputas trinitarias y, de forma analógica, aplicada a cada ser humano, reconocido en la tradición judeocristiana como un individuo de naturaleza humana, que se identifica como alguien concreto que vive aquí y ahora, autoconsciente, libre, con una altísima dignidad y valor, con derechos y obligaciones, llamado a trascenderse en cuanto imagen divina.
El espíritu de la modernidad, manumiso sí de las instituciones religiosas, no pudo ni podrá, sin embargo, liberarse de su matriz cultural: el cristianismo. Volvamos al ejemplo, las luchas sociales de la modernidad tienen como trasfondo el pensamiento cristiano que justifica, por el concepto de persona, la igualdad, la fraternidad, los derechos de los individuos.

Haber tenido un protagonismo en la gestación de la cultura occidental, no supone que lo tenga en la actualidad en la actual generación de los grandes paradigmas de pensamiento y de la cultura.
Más bien, el cristianismo está perdiendo paulatina y progresivamente ese protagonismo. ¿Cuáles serán las causas? Angelo Sequeri, teólogo milanés, dice que le hemos dado muchísima importancia a la moral, hemos descuidado la vida de comunidad y, como consecuencia, estamos al margen de la cultura. Quizá muchas instituciones religiosas cristianas moralizan y condenan mucho, hace falta mayor sensibilidad frente a los temas más sentidos por la sociedad como los de la mujer, de la ecología y de la pobreza, que han sido presa fácil de posturas ideológicas y marcadas por el desinterés casi nulo en el ámbito pastoral de las Iglesias cristianas.
Por otra parte, se ha caído en un cierto anacronismo nostálgico y medio fundamentalista, por el que se quiere recuperar ese protagonismo cultural, volteando más bien al pasado, dejando de lado el presente y olvidando el futuro. Pero no es tampoco plausible la resignación o la claudicación a la verdad del Evangelio y del hombre frente a las distintas corrientes ideológicas, como del gender, que incluso se justifica ya su enseñanza en algunos colegios llamados católicos, perdiendo así la significatividad en una cultura necesitada de Jesucristo, siempre Buena Noticia, siempre el Camino, la Verdad y la Vida.

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