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Fue como una tormenta que nos sorprendió a todos. La pandemia del coronavirus nos cambió la vida familiar, el trabajo, las actividades públicas, y fue dejando a su paso desconcierto, dolor, penurias económicas, distancia con los demás, incluyendo seres queridos y, lo más dramático, la muerte.

Esa dramática situación desenmascaró la vulnerabilidad del hombre, su inconsistencia y su necesidad de redención y cuestionó tantas certezas en la base de nuestras vidas y nos colocó, como dijo el Papa Francisco, ante interrogantes fundamentales sobre la felicidad y sobre el tesoro de nuestra fe cristiana. Preguntas como ¿dónde están las raíces más profundas que nos sostienen a todos en la tormenta? ¿Qué es realmente importante y necesario?
Al doctor Tedros Adhanom Gebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, OMS, y por recomendación del Comité de Emergencias que se había reunido tantas veces, le pidió que declarara el fin de la emergencia de salud pública de importancia internacional. “He aceptado ese consejo. Por lo tanto, declaro, hoy 5 de mayo de 2023, con gran esperanza, el fin de COVID-19 como emergencia sanitaria internacional”. Sin embargo, el máximo responsable de velar por la salud pública mundial advirtió que “esto no significa que COVID-19 haya dejado de ser una amenaza para la salud mundial. COVID-19 sigue siendo una prioridad de salud pública global”.

Lo que fue tiempo de prueba, ¿nos ayudó a orientar nuestras vidas de una manera renovada, teniendo a Dios como apoyo y como meta?, diría por su parte el Obispo de Roma, quien también señaló que “escuchemos el grito de los pobres y del planeta, que seamos solidarios y dejemos de lado la indiferencia.

De hecho, la emergencia nos hizo comprender cuánto dependemos de la solidaridad de los demás” y nos empujó a servir a los que nos rodean de una manera nueva, habiéndonos sacudido por la injusticia mundial y despertando para escuchar el grito de los pobres y de nuestro planeta tan gravemente enfermo.
El peligro del contagio de un virus debió enseñarnos otro tipo de contagio, el del amor, que se trasmite de corazón a corazón, el testimonio del enfermero José Luis, en la página 6 de este número de Semanario, viene a comprobarnos que es posible ser diferentes, ser mejores. El Papa ya lo había apuntado “hay muchos signos de disponibilidad a la ayuda espontánea y de compromiso heroico del personal sanitario, de los médicos y de los Sacerdotes”, leer lo que dice el Padre José Luis Santoscoy en la página 5.
Por supuesto que el Papa también nos orientó a no dejar de lado la Palabra de Dios ni la celebración Eucarística porque “nos darán la fuerza necesaria para afrontar los difíciles problemas que viviremos cuando concluya la pandemia”.
Ahora bien, ¿notamos que cada uno de nosotros, nuestras comunidades parroquiales, nuestra sociedad jalisciense aprendió la lección?
La percepción es que muchos, con escasa memoria, en poco tiempo empiezan a dejar en el olvido lo que tantas penas y dolores nos causó la pandemia. Y hasta parecería que no aprendimos nada, lo cual sería lamentable, por lo mismo, bien valdría la pena leer o volver a leer lo que escribió el monje alemán Anselm Grün en su mini libro Cuarentena, cómo lograr la armonía en casa, sobre todo en Nichos y espacios de libertad y Preocupación y solidaridad, créanme nos favorecerá en gran medida.

@arquimedios_gdl

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