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VICTOR ULÍN

Lo normal es que el perdedor acepte su derrota o recurra a los tribunales para impugnar el resultado. Es lo que debería proceder en una sociedad que respeta sus instituciones y las leyes electorales, por muy desacreditadas que pudieran estar.
En Jalisco los perdedores no supieron o no quisieron aceptar que la mayoría de los ciudadanos decidió votar a favor del candidato de Movimiento Ciudadano para que fuese su gobernador.
En un Estado que ha sido epicentro de la violencia generalizada en el territorio mexicano, a los morenistas encabezados por su dirigente nacional les dio igual atizar el clima de agresiones que sigue imparable.
Hasta horas antes de que le fuese entregada la constancia de mayoría como gobernador electo a Pablo Lemus, de Movimiento Ciudadano, el riesgo de que la confrontación política electoral acabara en tragedia por la presunta presencia de armas entre algunos de los simpatizantes de uno de los candidatos fue una constante que preocupó.
No era para menos.
Resulta contradictorio que los políticos, por lo menos los profesionales, que son los que deberían promover la civilidad y el entendimiento como principales instrumentos para encontrar vías pacíficas de solución a diferencias o inconformidades, sean los primeros en abonar a la descomposición social y política que deberían evitar.

Lo sucedido en la elección para gobernador en Jalisco, en uno de los estados más importantes del país, no es para alegrarnos. Nuestros políticos, incluyendo a los ganadores, exhibieron una inmadurez y ambición desmedida de poder, por los cargos, sin importar las consecuencias, y

una falta de respeto por quienes se tomaron el tiempo para acudir desde temprano a votar por el candidato o partido de su preferencia el pasado 2 de junio.

Lo que dejan –y eso no es bueno– es un Jalisco dividido, confrontado, como lo demuestran la poca diferencia entre el ganador y el perdedor de la elección para gobernador entre el candidato emecista Pablo Lemus y la morenista Claudia Delgadillo. Hay un Jalisco partido.
La amenaza de muerte en contra de la presidenta del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco dista mucho de quedar en el olvido. No hay nada más peligroso en política que el fanatismo o el odio que busca una expresión violenta.
Ninguno de nuestros políticos tiene nada que presumir de lo ocurrido. Al contrario: lo que vivimos fue una regresión democrática que no podemos permitirnos si queremos seguir apostando por la política como la vía más idónea para darnos gobiernos.
Jalisco que venía dando lección de civilidad, de madurez y sensatez entre su clase política y ciudadanos con la alternancia en el gobierno del Estado, es ahora un ejemplo de violencia política, regresiva, que raya en la barbarie que en su momento condenamos cuando en Tlaquepaque, en plena campaña seguidores de candidatos llegaron a las agresiones. Era sólo el atisbo de lo que venía.
Para el gobernante que llega, la prioridad sería promover la conciliación y la unidad entre los jaliscienses y su clase política, necesaria para iniciar y encontrar la gobernanza y paz que se requiere durante los próximos seis años.

@arquimedios_gdl

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