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VICTOR ULÍN

En 1989, Julio Castillón ya cocinaba en su restaurante aquí, en Puerto Vallarta. Seguramente vio cómo el municipio más tropical y turístico de Jalisco por sus recursos naturales creció y próspero.
Justo lo que distingue hoy a Puerto Vallarta es lo que ha sido y es: uno de los lugares preferidos por el turismo nacional e internacional que no deja de llegar, y hay los que han sido acogidos con generosidad como habitantes.

El día que Julio Castillón recibió la notificación de una demanda en su contra, interpuesta por una pareja de “gringos” que se quejaron de la música de mariachi, debió recordar la infinidad de extranjeros que han pasado por las mesas de su restaurante y del esmero con el que fueron atendidos para que su experiencia fuese de la mejor.
Días antes, en Mazatlán, un grupo de hoteleros cedió a la presión de extranjeros que les exigieron solicitar el cese de la música de banda que es tocada por grupos en las playas y que, por supuesto, no lograron como consecuencia del respaldo de las autoridades, músicos y habitantes.

Ahora era Julio Castillón el que estaba viviendo en carne propia el acoso de las autoridades del municipio que atendió la queja de una pareja de extranjeros que compró un inmueble para vivir justo a lado del restaurante donde la música de mariachi es una tradición.

El 8 de abril, sin esperarlo, grupos de mariachis se apostaron a las afueras del restaurante para tocar y defender su derecho a que su música sea escuchada.
A ganarse la vida. Pero también a solidarizarse con Julio Castillón que defiende su restaurante y al mismo tiempo nuestra identidad.
Que la economía del país dependa de las divisas por turismo no implica, por supuesto, que ni el gobierno ni los prestadores de servicios en todas sus modalidades tengan que ajustarse a lo que el visitante quiera, cuando tiene la libertad de desplazarse por el país e ir al destino que más responda a sus expectativas sin ningún problema. Incluso si se trata de vivir en algún lugar como en el caso de los que decidieron comprar un inmueble a lado del restaurante de Julio Castillón.
Es respetable que la pareja que decidió vivir al lado del restaurante quiera silencio total, y puede imponerlo en su propiedad, pero no puede exigir que un restaurante donde la música de mariachi es parte de la tradición censure a los músicos, o no ponga ninguna canción para alegrar a los comensales.
No es posible que una pareja o un grupo de personas por muy importantes que se digan– quieran cambiar o trastocar las prácticas musicales y culturales que son distintivas del pueblo mexicano en general, o de Puerto Vallarta en lo particular.
Como sucedió en Mazatlán, que defendió su cultura musical, en Vallarta, Julio Castillón fue arropado por los ciudadanos y hasta por extranjeros que demandaron respeto a la cultura mexicana y en especial a las canciones de mariachi que son un referente identitario más universal del mexicano. No hay que permitir que los dólares amenacen también nuestra cultura e identidad.

@arquimedios_gdl

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