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Laura Castro Golarte

Hemos sido testigos, y no todos, de los recientes debates entre contendientes a distintos puestos de elección popular, desde las candidatas y el candidato a la Presidencia de la República, hasta quienes quieren una presidencia municipal. Y digo que no todos porque resulta que después de cada episodio se levantan encuestas y la audiencia no es para romper récords, es claro que a mucha gente no le interesan.
Eso por un lado y, por otro, también se han hecho mediciones del impacto de estos ejercicios en las intenciones de voto de quienes los ven, y tampoco. A estas alturas del partido, y por lo que hace a la elección presidencial, parece que se consolidan las tendencias porque los cambios en las preferencias, según reportan las encuestas, son mínimos; nada como para un cambio radical. En términos generales, por supuesto, porque habrá procesos locales donde la contienda sea reñida y, entonces sí, un punto más o un punto menos podría hacer la diferencia.
Los debates electorales se usan en México desde la mitad de la década de los noventa del siglo pasado y lo cierto es que los primeros generaron grandes expectativas, ahí sí hubo altos niveles de rating. Fue un elemento atractivo, espectacular, con frases y señalamientos que se han quedado en la memoria colectiva.
Un golpe muy duro para militantes y seguidores fue justo aquel debate de 1994 cuando se estrenaban, en el que ganó el candidato presidencial del PAN, un orador impecable, con una lucidez impresionante, pero después de ese encuentro televisado se desapareció de la contienda, no siguió con su campaña y perdió, aquí sí, lo ganado en el debate.
Después de eso, han sido ocasión para observar las dotes de los contendientes como oradores, agilidad mental, soltura, solidez, ecuanimidad, carisma, ingenio…
Elección tras elección han ido cambiando los tonos y las estrategias, de la mano de los jugadores en cada ocasión, como partidos y como candidatas y candidatos.
Y siempre, siempre, al final de cada ejercicio, se ha convertido en una costumbre decir quién ganó y ¿Premio para el que le atine? La verdad, pasa el tiempo y me parece que esto es lo menos importante y lo menos útil en todo el proceso.

Los debates deberían centrarse en las propuestas, no sólo para exponerlas de manera resumida e intensiva dado el medio, los tiempos y los formatos siempre limitados, sino para que los mismos debatientes las discutan y las cuestionen; sin embargo, de un tiempo a esta parte (y no es que antes hubiesen sido así ni mucho mejores que lo que vemos ahora, sólo que creo que empeoran) los debates electorales se han convertido en la ocasión para atacar, violentar, denostar, ofender y exponer corrupciones que, ojalá, las hubieran expuesto previamente ante las autoridades para su investigación, juicio y resolución.

Esperan el escenario del debate para exponer presuntos actos de corrupción, termina el debate, pasan las elecciones y de todas maneras no pasa nada, gane quien gane. Después de 30 años de debates, ya sabemos esto, pero lo que sí me parece deleznable es que se recurra a señalamientos personales que sí se puede identificar como violencia política en razón de género.
El sábado 13 de abril, en Jalisco, fuimos testigos de cómo el candidato, puntero en la mayoría de las encuestas, se ensañó criticando a la candidata del segundo lugar en las preferencias medidas hasta ahora (en otras va a la cabeza) con presuntas corrupciones, como las que luego la misma candidata expuso. Hablo de Pablo Lemus y de Claudia Delgadillo. Lo cuestionable aquí fueron las alusiones a la vida personal de la contendiente. Me parece un recurso bajo, desaseado, violento, misógino y machista.

¿Quién ganó el debate? ¿Alguien lo ganó? Perdemos todos. Ha costado mucho trabajo, y no está resuelto del todo aún, que cambie la percepción en la sociedad de la defensa de los derechos humanos en razón de género, particularmente de las mujeres; y la convivencia armónica con la diversidad. La exposición burda de actitudes misóginas y, aparte, discriminadoras con respecto a otras regiones del país, no es lo que necesitamos en Jalisco ni en México, al contrario.

Se equivocan los candidatos que recurren a estas estrategias (claro que les echan la culpa a los asesores y desdeñan los efectos en sus equipos, ya vimos lo que pasó en el debate de Tlaquepaque, lamentabilísimo).

Los debates podrían ser la ocasión de un cambio que efectivamente sea congruente con las promesas de paz y pacificación; y con la presentación de propuestas de las que los espectadores seamos los escrutadores.
Eso sería altura de miras y conciencia social, pero creo que es mucho pedir.

@arquimedios_gdl

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