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Sergio Padilla Moreno

Ayer se conmemoraron 253 años desde el nacimiento del gran compositor Ludwig van Beethoven, el año de 1770 en Bonn, Alemania. Uno de los tributos más significativos que podemos ofrecer a cualquier artista es adentrarnos en su obra, así como en su vida. La biografía de Beethoven es sumamente inspiradora por sí sola. Sin embargo, hoy les invito, amables lectores, a conocer y adentrarse en una de sus obras más emblemáticas: la Sinfonía n.º5 en do menor, opus 67. Esta composición que estrenó en Viena el 22 de diciembre de 1808 representa un hito en la historia musical.

Seguramente mucha gente ha escuchado el pasaje con el que se abre esta sinfonía: cuatro notas que, desde un principio, no nos dejan indiferentes. Y lo más extraordinario de la obra, es que este patrón de cuatro notas se vuelve a hacer presente de forma recurrente a lo largo de toda la sinfonía. Lo interesante es que esta sinfonía puede ser reflejo de la vida cristiana, pues me viene el recuerdo de una plática que alguna vez tuve con una Religiosa de la Cruz de Sagrado Corazón de Jesús, mujer ya octogenaria pero llena de sabiduría por tantas horas de oración y contemplación frente a Jesús en Eucaristía, quien me dijo que esta obra de Beethoven le recordaba la dinámica misma de la vida: “Así como la sinfonía tiene momentos de mucha luz, hay también pasajes oscuros; hay momentos de gran vivacidad y otros de mucha lentitud; hay momentos llenos de complejidad y otros de gran simplicidad.” Y ella concluía: “Así es la vida, y la belleza de la misma en cada persona no se queda en cada pasaje por separado, sino en la contemplación y apreciación de todo el conjunto; finalmente nuestra vida es una sinfonía de Dios”.

Tomando en cuenta la bella intuición de esta religiosa, me parece que las cuatro notas que constituyen el patrón que teje toda esta sinfonía de Beethoven, dan pie a plantear cuatro actitudes que vale la pena articular en la vida de quienes queremos vivir la propuesta del Evangelio, las cuales deben estar siempre presentes, aunque los contextos y situaciones particulares vayan cambiando en la vida de cada uno de nosotros.
Contacto permanente con la realidad, pues tal como dice el documento conciliar Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.”
Contacto permanente con la Palabra de Dios, tal como propone el documento conciliar Dei Verbum: “Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella.” Contacto permanente con nosotros mismos, a través de la meditación, el silencio y la contemplación.
Contacto con Dios a través de la oración y los sacramentos.
El autor es académico del ITESO,
Universidad Jesuita de Guadalajara –padilla@iteso.mx
Sinfonía Nº 5, en do menor, Opus 67. Ludwig van Beethoven
https://www.youtube.com/watch?v=3ug835LFixU

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