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Laura Castro Golarte

Como hemos visto hasta aquí, las inquietudes del rey de España, Carlos III, con respecto a la fundación de una universidad en Guadalajara, tenían que ver prácticamente con tres asuntos: dónde se instalaría, qué cátedras se impartirían y cuál sería el costo, tanto del establecimiento, como de los profesores.
Estaba claro que una universidad no tenía otro propósito más que “el adelanto de la juventud”, pero se tenía que asegurar que habría de dónde obtener los recursos para su manutención y permanencia.
Fray Antonio Alcalde, Obispo de Guadalajara, respondió a todos estos requerimientos. Le explicó al rey, entre otras cuestiones, que el edificio del Colegio de San José “es muy a propósito para la pretensa Universidad” porque tenía aulas suficientes y espacio para el alojamiento de los catedráticos. Si se otorgaba el permiso para la fundación no sería necesario otro edificio con la consecuente reducción de costos, pero sí una “librería” (biblioteca). En esta parte el Obispo hizo una breve referencia a los jesuitas expulsados siete años atrás:

[…] hay en dicho Colegio una librería decente para todas facultades y será más decente y copiosa, si Vuestra Majestad se dignase aplicar los libros que aún subsisten en los aposentos (?) de los Padres Jesuitas expatriados, así por lo respectivo al Colegio que tenían en esta ciudad de Guadalajara como en la de Zacatecas, lo que suplico y espero de la real magnificencia de Vuestra Majestad, a que yo cooperaré aplicando a dicha librería los pocos libros (aunque buenos) que tengo.

Este texto es un fragmento del informe que Alcalde le envió al rey español con el santo y seña de lo que el monarca requería para tomar la decisión y que el historiador Ignacio Dávila Garibi incluyó en su Historia de la Iglesia de Guadalajara.
Sobre las cátedras, el fraile informó que las que se impartían en el Colegio de San José o Nuevo Tridentino eran gramática, teología escolástica, teología moral, filosofía, Sagrada Escritura y lengua. Detalló quién las pagaba: una la cubría la corona directamente, otra el “Lectoral” y las demás el Colegio con sus rentas anuales suficientes para pagar a los catedráticos “ciento y cincuenta pesos en dinero, comida, cuarto dentro de dicho Colegio, médicos, cirujanos, barbero, con su asistente o sirviente cada uno, de modo que en un juicio prudencial, se puede reputar cada uno de los catedráticos, como cerca de cuatrocientos pesos anuales”. Aprovechó Alcalde para decirle al rey que, de fundarse la universidad, él proponía la inclusión de dos cátedras más, justo para las que dejó dinero suficiente: Prima de Leyes y Sagrados Cánones:

La dotación de dichas cátedras, cánones y leyes, desde luego, aunque yo deje de comer; pero sin hacer falta en cuanto me fuere posible, a las innumerables indigencias de tantos pobres en que abunda este terreno, me obligo a dar a cada uno de dichos catedráticos, cuatrocientos pesos anuales, interín que con el tiempo radicase el principal correspondiente a dicha dotación.

Otras reflexiones compartió Alcalde con el rey relativas a los ingresos de los docentes y casi para terminar, escribió: “estoy pronto desde ahora, para cuando llegue la real anuencia de Vuestra Majestad, en hacer donación entre vivos de todo lo que hubiere devengado de mis rentas episcopales a la hora de mi muerte, que por precisión a de importar más de la renta de un año, por los atrasos de la colectación de dichas rentas, en esta manera: la mitad de dichas rentas devengadas, sea para fondos de dicha Universidad y la otra mitad para mis funerales y dote de esta Santa Iglesia […]”.
Si esto no es muestra de una voluntad inquebrantable para alcanzar un propósito, entonces no sé qué lo es. Diez años más tarde, Alcalde consumó la donación a la que se había comprometido; y cinco años después se declaró a perpetuidad y disponible para la universidad en cuanto se fundara. No era una promesa vana, la cumplió a carta cabal en un gesto que deja en evidencia la calidad humana del prelado: visión, congruencia, compromiso, lealtad, convicción. Y la mantuvo a pesar de las otras urgencias y emergencias, que requerían también gestiones, tiempo y recursos. Para todo, y más, alcanzó.

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