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PBRO. ERNESTO HINOJOSA DÁVALOS

Mi niñez se desarrolló en la década de los 80 y una parte de los 90 del siglo pasado, cada que iniciaba el proceso electoral el ambiente era muy similar siempre: no importaba quien fuera el candidato o contra quien sería la contienda, ya sabíamos que el ganador iba ser el que pusiera el PRI. La disputa no era contra el candidato de los otros partidos, realmente la oposición no existía, el verdadero conflicto era dentro del partido oficial: “¿Quién sigue?”, “¿a quién le toca?”, “¿cuál es el bueno?”; eran las preguntas que se escuchaban entre la gente cuando se hablaba de política.
Las calles se llenaban de panfletos, volantes, bardas pintadas, mantas y visitas domiciliarias; los mítines llenos de gente con playeras con la imagen o el nombre del candidato, acompañados con regalitos para los asistentes. Discursos y promesas que se vitoreaban en cada pausa que hiciera el orador, aunque no tuviera ni idea de lo que estaba diciendo, pero se dejaba llevar borracho de entusiasmo por la aclamación popular. La casa de campaña del partido único parecía hormiguero: gente iba y venía con cajas, bolsas, papeles; otros buscando entrevistarse con algún mandamás para pedir un hueso o recomendar a alguien para cuando el candidato ganara, que recordara que siempre se le apoyó.

Para el día de la elección, hacia el mediodía o en la tarde, era común escuchar: “No se puso la casilla tal”, “las urnas ya estaban llenas”, “votaron los muertos”, “se anularon los votos de tal casilla”, “se perdieron las urnas”, “el ejército bajó unos paquetes en tal casilla”.
En la tarde noche, de manera indefectible y sin fallar al libreto, el candidato oficial salía a dar la vuelta de la victoria acompañado por colaboradores y paleros. La casa de campaña se convertía en un salón de fiesta y alegría para los advenedizos transeúntes o para los partidarios del candidato. Al día siguiente, la incipiente oposición realizaba las consabidas marchas y manifestaciones denunciando fraude, robo de votos, intimidación, urnas embarazadas y otras acusaciones que, por más inverosímiles que parecieran, eran verdad. Cómo olvidar el famoso: “¡Se cayó el sistema!”. Y con el ganador, nada cambiaba; el siguiente trienio comenzaba el mismo proceso, cada vez más degradante.

Todo esto sucedía cuando el gobierno era el encargado de organizar las elecciones, aún no existía el IFE.
Ahora el INE está siendo constantemente golpeado por el oficialismo, el recuerdo de la democracia que nunca existió se hace más vívido. Es terrible la sensación al pensar que podemos regresar al tiempo del partido único y la simulación de la democracia.

Es necesario, por tanto, una nutrida participación ciudadana en el proceso electoral, que lleve a las urnas a la mayor cantidad de votantes, pero que no termina ahí, sino que conlleva una diligente vigilancia del actuar de los gobernantes y su estricto apego a la ley, para garantizar así el Estado de derecho y sea posible la justicia que lleve a la paz.

@arquimedios_gdl

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