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Pbro. Miguel Ángel González Gámez*

“En la medida en que se pierde la identidad, hay más mal en el mundo”. Esta frase me ha hecho reflexionar tanto a nivel personal como a nivel social. Desde lo personal, surge el cuestionamiento sobre mi vocación, la forma de vivirla y todo el bien que puedo hacer a los demás o el mal, si no la ejerzo conforme a la propuesta de Jesús.
Pero aplicando esta idea a la situación social donde la polarización política, la violencia, el poco valor que se le está dando a la vida humana, el egoísmo, el afán desmedido de tener riquezas; todos estos son elementos que cada vez se vuelven más normales, urge, por lo tanto, una profunda reflexión sobre los orígenes de estas actitudes.

Los hechos de violencia que se han dado en los últimos meses en nuestro Estado con la desaparición y asesinato de jóvenes, nos hablan de una pérdida de identidad que generaba equilibrios sociales y una sana convivencia. En el discurso de muchos, queriendo buscar explicaciones se habla de la pérdida de valores y en el fondo tienen cierta razón, pero debemos entender que antes de pérdida se debe hablar de la transformación de los valores. Es decir, se asumieron otros que desfiguraron nuestra identidad y esto ha generado la descomposición social que vivimos.

San Pablo en la primera carta a Timoteo, capítulo sexto, versículo diez, nos revela un elemento para aprender a discernir nuestro tiempo, el texto dice: “La raíz de todos los males es la codicia: por entregarse a ella, algunos se alejaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos”. ¿Acaso la raíz de la situación de violencia que estamos viviendo no está en el afán de tener dinero? ¿Acaso los modelos culturales que se nos ofrecen por medio de la música y el arte, no son una defensa de la idea de tener dinero a costa de lo que sea?
La justificación siempre es la marginalidad, la pobreza que orilla asumir nuevos modelos de vida. Por lo que urge una seria evaluación sobre estos modelos de éxito y felicidad que como lo dice san Pablo solo generan sufrimiento.

La reconstrucción de tejido social tiene que llevarnos a una profunda reflexión sobre nuestra identidad, sobre los modelos en los cuales queremos reconstruirnos. En esta reflexión nos encontraremos con textos claves para los primeros cristianos que, asumieron como estilo lo enseñado por el Señor Jesús, formar una comunidad donde la justicia sería el eje rector, donde los bienes no serían de nadie sino de todos, del que más necesitara, donde lo que se buscaba era el bien del otro, no el propio bien, donde la ambición se sometía al otro y siempre buscaría su bien (Cfr. Hech 2, 44-46).

Recobrar nuestra identidad es desechar los modelos que el mundo nos ofrece, dejar de lado el éxito propio material, por conseguir una conciencia del saber compartir, estar cerca, y empatar nuestros pensamientos y necesidades. *Vicario en la Parroquia Santa Cecilia. Licenciado en Estudios Políticos y de Gobierno por la Universidad de Guadalajara.

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