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Miles de veces hemos leído o escuchado en los últimos meses las palabras sufrimiento, dolor, llanto, destrucción, muerte… Hemos visto también innumerables imágenes al respecto. Hay cansancio, coraje, impotencia en muchos. Como creyentes no debemos caer en la apatía, el desinterés, en la pérdida de fe.
Con motivo de la Pascua de Resurrección tenemos la oportunidad de reavivar la fe, traer a nuestros rostros la alegría y al corazón la esperanza cierta que todo puede cambiar, por lo menos en nuestro entorno, por lo que vayamos abonando cada uno.
Palabras iluminadoras nos comparte en su Mensaje por la Semana de la Vida el Obispo encargado de la Dimensión Episcopal para la vida de la Conferencia Episcopal Mexicana, Jesús José Herrera Quiñones, quien entre otras cosas señala: “El Domingo de Resurrección nos ofrece la certeza de que, incluso en medio del sufrimiento la vida triunfa. Esto nos debe impulsar a todos a ser discípulos misioneros, promoviendo incansablemente la justicia, la paz y la dignidad humana que traen consigo la plenitud de la vida siguiendo la bienaventuranza divina: «dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios».
La Iglesia, como Madre y Maestra, nos guía en este camino, recordándonos que la paz verdadera sólo se alcanza cuando reconocemos la dignidad de cada persona, trabajamos por el bien común y defendemos la vida humana en todas sus etapas”.

El Papa Francisco ha dicho al respecto que “la defensa de la vida es una realidad humana que involucra a todos los cristianos, precisamente porque son cristianos y porque son humanos”.

Todos los hombres de buena voluntad y, más todavía los cristianos, debemos confiar en la fuerza transformadora del amor y la Resurrección, sabiendo que como comunidad de fe, nos unimos para ser luz en las tinieblas, promoviendo la cultura de la vida y construyendo desde nuestros hogares la paz, misma, que nos llena de alegría, que cambia el estado de ánimo en cada uno.
“Conocer las heridas de los demás ayuda a curar las propias”, afirman algunos, y no es mentira. Cuando estamos bien de salud, cuando no tenemos problemas y no vivimos situaciones graves, por la enfermedad y la muerte, todo a nuestro alrededor está bien. Más aún el mundo nos sonríe y podemos desentendernos de lo que sucede más allá de nosotros. Pero una herida personal o en los de la casa nos vuelve sensibles y es entonces cuando podemos decir “somos enfermos que debemos ayudar a otros a sanar”.
La Resurrección de Jesús nos debe motivar a dejar de lado nuestros miedos comunes y familiares. Recordemos que el miedo es la reacción a una amenaza a nuestro ser, la respuesta a un peligro verdadero o supuesto: desde el peligro más grande de todos, que es el de la muerte, hasta los peligros particulares que amenazan nuestra tranquilidad. Y Jesús tomó sobre sí nuestros miedos, se lo dijo a sus discípulos “no tengan miedo, Yo Soy la Resurrección y la Vida”…, y les demostró que los conocía, por lo mismo los guiaba, los cuidaba, los defendía. Es cierto que no siempre está en nosotros liberarnos del miedo y la angustia, pero sí está en nosotros volver nuestra mirada y súplicas al Señor de la Vida, quien ha resucitado para que tengamos ya desde este mundo una nueva vida.
Vivamos, pues, resucitados con Jesús.

@arquimedios_gdl

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