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VÍCTOR ULÍN

Ahora que la ciudad está copada por tiendas de autoservicio, los miramos más seguido cuando vamos de compras.
De pronto, las cajeras amanecieron acompañadas de los abuelos que antes fueron padres, si es que muchos no han olvidado que en el hogar en el que nacieron y crecieron viven todavía y los esperan, lleguen o no a visitarlos cualquier día.
Los abuelos no merecen estar de pie cinco días a la semana metiendo productos en una bolsa para ganar algo de dinero ni esperar la pensión oficial para comprar sus alimentos o los medicamentos que no le dieron en el hospital público. No se trata del trabajo que realizan ni que esperen la pensión bimestral que el Estado les devuelve como algo por lo mucho que aportaron a su país.
Nuestros abuelos –ahora quizá nuestros padres– no deberían seguir trabajando con 70 u 80 años de edad. Deberían estar en casa o haciendo alguna otra actividad que eligieran para alegrar sus días, pero no la de estar metiendo lo que otros compran en un súper de autoservicio. Es una doble humillación la que les hacemos diario.
Que el gobierno a través del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM) haya realizado convenios con las cadenas de autoservicios para que nuestros abuelos trabajen embolsando lo que otros compran no resuelve lo de fondo: nuestra falta de humanidad y de agradecimiento con quienes nos dieron la vida, nos alimentaron y alentaron nuestra educación para hacernos personas de bien, buenas personas, y a las que, en muchos casos, les hemos fallado.

No podemos acostumbrarnos a verlos en las cajas embolsando, ni tampoco a sacar cinco, diez o 20 pesos para darles y sentirnos bien. No debería ser lo normal.
Consentir que sigan ganándose la vida bajo la justificación de que no hay trabajo indigno, nos vuelve, además, cómplices del sistema económico que impera y del gobierno que se “lava las manos” institucionalizando la indiferencia propia y la nuestra.

Desde tiempos milenarios, la cultura asiática nos ha dado lecciones de cómo valorar y tratar a nuestros ancianos, y a usar su sabiduría para la construcción de una mejor sociedad, pero no hemos entendido ni aprendido todavía mucho, y seguimos tratando de olvidarlos e invisibilizarlos, como en el súper cuando sólo los miramos como parte de la escenografía comercial, y a lo mejor sólo le damos una moneda que nos sobra y de paso nos tomamos una selfie.
Generalizo, ciertamente, porque son más los casos que se repiten de nuestra ingratitud, y menos de los que se hacen conscientes para cambiar lo que estamos haciendo mal con nuestros abuelos.
Mañana nuestro país estará más poblado que ahora por abuelos (cerca de 20.4 millones para el 2030, según el Consejo Nacional de Población), entre los que estaremos nosotros, si Dios nos presta vida, y también sería ingrato, indigno, que nuestros días terminaran detrás de una caja de un súper o un Oxxo.
Hay que salvar a los abuelos, y nos estaremos salvando todos: habremos recuperado entonces mucha de la humanidad y de la gratitud que hemos venido perdiendo, ¿sin darnos cuenta?, y que nos está condenando a un mundo inhumano.

@arquimedios_gdl

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