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Pbro. Adrián Ramos Ruelas

“Alégrense y salten de contento, porque su recompensa será grande en el cielo” (Mt 5,12).
Cada 12 de noviembre la Iglesia Católica celebra a San Josafat, mártir de la cristiandad, quien fuera obispo greco-católico en el siglo XVII.
San Josafat es considerado el patrono de la vuelta a la unidad entre cristianos ortodoxos y católicos, divididos por un cisma histórico que clama por una reconciliación definitiva.
Josafat (Juan) Kuncewicz nació en Volodimir de Volinia, ducado de Lituania, en 1580. Hijo de padres ortodoxos, vivió en tiempos en los que la Iglesia ortodoxa tradicional y la Iglesia greco-católica bielorrusa de rito griego se encontraban en una pugna constante.
Esta última había restablecido la plena comunión con Roma durante el Concilio de Florencia (1451-1452), reconociendo el primado de Pedro sobre el resto de obispos.

Josafat se integró al catolicismo y fue admitido en la Orden de San Basilio. Recibió el orden sacerdotal en el rito bizantino y posteriormente sería nombrado arzobispo de Polotsk (actual Bielorrusia).
El cisma seguiría siendo una herida abierta en el corazón de la cristiandad: muchos templos se hallaban en ruinas y se acrecentaba la crisis del clero secular católico y a la vida monástica que estaba, a la sazón, en franco declive.

Como obispo, San Josafat convocó a sínodo a los pastores bajo su mando con la intención de enfrentar la crisis, publicó un catecismo, dispuso ordenanzas sobre la conducta del clero y buscó acabar con las interferencias del poder secular en los asuntos de la iglesia local.

A la par, trabajó incansablemente por asistir a sus ovejas fortaleciendo la administración de los sacramentos y la atención a los más necesitados, pobres, enfermos y prisioneros.
Su celo pastoral le acarreó calumnias, críticas malintencionadas e incomprensiones. Se hizo de enemigos “externos”, pero también de inesperados enemigos “internos”, puesto que muchos católicos querían evitar el imperio de la disciplina espiritual y las exigencias propias de la caridad.
Ante el peligro inminente, dijo “Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice”.

El 12 de noviembre de 1623 San Josafat fue atacado por la turba extremista ortodoxa y luego asesinado -cayó atravesado por una lanza-.

El Beato Pío IX, en 1867, lo canonizó.
Fue el primer santo de la Iglesia católica oriental con un proceso formal.
Sus restos reposan en el altar de San Basilio, en la Basílica de San Pedro.
El Papa Pío XI, en su Carta Encíclica “Ecclesiam Dei” escribió que San Josafat comenzó a dedicarse a la restauración de la unidad, con tanta fuerza y tanta suavidad a la vez y con tanto fruto que sus mismos adversarios lo llamaban “ladrón de almas”.

¿QUÉ PODEMOS APRENDER DE ÉL?

1.

A trabajar incansablemente por la unidad de la Iglesia.

2.

A sufrir pacientemente las contrariedades en la búsqueda de la conversión cristiana.

3.

A conciliar a nuestros hermanos y procurar siempre la paz.

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