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Vida de entrega, oración y contemplación

PBRO. ADRIÁN RAMOS RUELAS

Todos los santos y santas han entablado una relación profunda con Dios que es Trino y Uno. Su trato con Dios Padre, al estilo de Jesús, ha sido profundo; ni se diga la relación íntima con Jesús en la Eucaristía o en alguna devoción particular; han gozado de su amistad, y las experiencias místicas de muchos de ellos les han permitido, incluso, palpar el Cuerpo de nuestro Señor; su constante invocación al Espíritu Santo les ha dado la sabiduría necesaria para dejarle conducir sus vidas hasta llevarlas a amar hasta el extremo.
Algunos santos llevan el apelativo de la Santísima Trinidad como sor Isabel, de la espiritualidad carmelita.

Isabel Catez nació el 18 de julio de 1880, cerca de Bourges (Francia). Tuvo una hermana. Pronto murió su padre y quedaron las dos niñas al cuidado de su madre, una mujer muy enérgica y recta.
La pequeña Isabel también tenía un carácter muy marcado, sus rabietas infantiles eran temibles. Pero también desde muy temprana edad trataba de vencer su temperamento. Al morir su padre, cambiaron de domicilio cerca de las Carmelitas Descalzas de Dijon. El sonido de las campanas del convento y la huerta de las monjas ejercieron una gran atracción sobre Isabel.

El día de su Primera Comunión, 19 de abril de 1891, sintió que Jesús la llenaba. Esa tarde fue de visita por primera vez al Carmelo y la priora le explicó el significado de su nombre hebreo: Isabel es “casa de Dios”. Desde entonces se propuso ser morada de Dios en su vida.
A pesar de su viva inteligencia, la joven Isabel recibió una cultura general deficiente, pero estaba muy dotada para la música y ganó un primer premio de piano a los 13 años. Leyendo a santa Teresa, sintió una gran sintonía. También le ayudó mucho la lectura de la Historia de un alma, donde la joven Teresa de Lisieux, recién fallecida, la impulsó en el camino de la confianza en Dios.

El 2 de agosto de 1901 ingresó en el Carmelo de Dijon con el nombre de Isabel de la Trinidad. Tuvo una vida de fe, sin revelaciones ni éxtasis. Pronto llamó la atención de toda la comunidad la fidelidad y entrega de la joven.

En la cuaresma de 1905, Isabel enfermó y tras una penosa y larga enfermedad, murió el 9 de noviembre de 1906. Sus últimas palabras fueron: “Voy a la Luz, al Amor, a la Vida”.
Su vida y escritos tuvieron una difusión sorprendente. Destacaron: diarios, las cartas, sus poemas, unas oraciones entre las que es célebre su elevación a la Santísima Trinidad, y los siguientes escritos: El cielo en la fe, Grandeza de nuestra vocación, Últimos ejercicios y Déjate amar.

¿Qué podemos aprender de ella?

1 Su profunda relación con cada persona de la Santísima Trinidad.

2. Su vida de entrega y generosidad en el convento.

3. Su espíritu de oración y contemplación.

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