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SEM. JOEL CONTRERAS OCAMPO TERCERO DE FILOSOFÍA

San Atilano Cruz Alvarado testimonia el ejemplo de un hombre que supo acoger la gracia de Dios. La vida de Atilano no se distingue mucho de la nuestra; proveniente de una familia humilde, pero de fuertes convicciones cristianas. Ingresó al Seminario en plena persecución religiosa y radicalmente respondió al llamado de Cristo, aun en situaciones desfavorables, y respondió de tal manera que le costó la vida junto a su señor Cura, San Justino Orona.
Si se quisiera resaltar una de sus virtudes, la humildad seguramente no pasa desapercibida. Y esta virtud no sólo se debió al origen humilde del santo, sino que se mostró en la obediente tarea evangelizadora. El Sacerdote Atilano fue un verdadero “pastor con olor a oveja”, pues en el íntimo encuentro con Cristo reconoció la voz de Dios: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”. Es necesario resaltar que la virtuosa obra testimoniar de san Atilano sólo pudo proceder de la escucha de la Palabra de Dios. Atilano se dejó interpelar por la Palabra, es decir Cristo. Así, de esta manera se puede reconocer en el momento presente que todavía Dios pronuncia su Palabra y el pueblo cristiano la escucha en la Iglesia.

Es necesario reivindicar el lugar de la escucha de la Palabra de Dios en la vida cristiana. Además, es necesario resaltar cómo la santidad se desarrolla no en la individualidad, sino en la comunidad cristiana. Pues, los mártires cristianos, cercanos entre sí, muestran con su testimonio de manera clara cómo la

santidad no se da sola o aislada, sino que se da en montones, es decir “es contagiosa”, se transmite.

Y, esto es muy claro en la vida específica de este mártir, pues llegó a la comunidad parroquial en el lugar en que sería canonizado como Santo Toribio Romo, y es dirigido pastoralmente por otro santo Sacerdote que también estaría dispuesto a dar su vida por Cristo: san Justino Orona.

Hay que decir que nosotros los seminaristas acogemos el ejemplo virtuoso de san Atilano Cruz, que inmerso en un “clima de santidad” supo entregarse a Dios con generosidad. Y este ejemplo de la santidad común hace reflexionar sobre la vocación primera a la que estamos llamados todos los cristianos: la santidad.
Consecuentemente, este ejemplo estimula la deliberada creación de un clima de entrega. En el día a día lo que abunda en el mundo son los antitestimonios y los escándalos, pues estamos caídos. Sin embargo, justo en la situación innatural del pecado y sus consecuencias es cuando la gracia de Cristo viene en nuestro auxilio.

Imitemos de san Atilano Cruz, su humildad, pero sobre todo, su espíritu de eclesialidad, pues supo introducirse en la dinámica de la santidad común, supo escuchar la voz de Dios que se manifestó en testigos fieles hasta el punto se transformarse él mismo en su testigo.

San Atilano Cruz.
Ruega por nosotros.

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