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Seminarista Cristóbal Ortega Márquez
Segundo de teología

El gran amor por Cristo los unió. También el martirio. Hasta el último momento defendieron su fe.

SAN JUSTINO ORONA
En un rincón humilde del pueblo de Atoyac, Jalisco, nació Justino Orona, en el seno de una familia cristiana.
Tuvo una niñez marcada por la fe y la pobreza extrema.
Su vocación al sacerdocio se manifestó temprano, pero, por la situación económica de su familia, fue difícil emprender el llamado. Con la intervención de su señor Cura Secundino flores logró ingresar al Seminario de Guadalajara a sus 17 años.
En sus estudios, a pesar de las carencias materiales, logró tener un desempeño sobresaliente. Fue ordenado sacerdote en 1904. Durante 24 años, sirvió como párroco en diversas localidades de Jalisco.
Mientras fue señor Cura de Cuquío tenía que ocultarse constantemente para evitar a los perseguidores.
En una de sus cartas, expresó: «El camino que lleva a la patria hay que seguirlo con mucha alegría, sirviendo a Dios en la tierra y viviendo por el bien de los hombres. Los que siguen el camino del dolor con fidelidad pueden subir al cielo con seguridad».
Fundó una congregación religiosa dedicada a cuidar de las niñas huérfanas y pobres, demostrando su compromiso con los más vulnerables. A pesar de los consejos de muchos para que huyera, Justino se mantuvo firme, respondiendo: «Yo, entre los míos, vivo o muerto».

SAN ATILANO CRUZ
Nació en Ahuetita de Bajo, cerca de Teocaltiche, Jal. Criado en una familia de ascendencia indígena y profundamente católica, Atilano recibió una educación que, aunque limitada en recursos, estuvo marcada por la fe y el esfuerzo.
A sus 17 años ingresó al Seminario Auxiliar de Teocaltiche y luego se trasladó al de Guadalajara. Destacó por su desempeño en las aulas. En 1926, la situación política obligó a cerrar los seminarios y Atilano tuvo que terminar su formación sacerdotal en condiciones muy difíciles. Fue ordenado sacerdote el 24 de julio de 1927 Y el primero de agosto del mismo año fue nombrado ministro provisional de la parroquia de Cuquío.
El martirio de estos dos santos se ubica en el año 1928. El último día de junio el padre Justino Orona y Atilano Cruz se trasladaron a la comunidad “las Cruces”. De madrugada, los soldados, guiados por un delator, rompieron la puerta de la habitación donde descansaban los sacerdotes. Justino, al abrir la puerta, exclamó:

«¡Viva Cristo Rey!» y fue acribillado al instante. Atilano, arrodillado junto a la cama, le dispararon poco después. Sus cuerpos fueron profanados y arrojados en la plaza principal de Cuquío.

El papa Juan Pablo II los beatificó el 22 de noviembre de 1992 y los canonizó el 21 de mayo del 2000.
¿QUÉ PODEMOS APRENDER DE ELLOS?

1.– Su genuina vocación. A temprana edad descubrieron el llamado de Dios a la vocación sacerdotal y correspondieron con generosidad.

2.– Su profunda fe en el Señor que los llevó a sortear cualquier adversidad en tiempos de persecución.

3. – Su testimonio como sacerdotes que los preparó al supremo momento del martirio hasta la entrega de sus vidas.

@arquimedios_gdl

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