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PBRO. ADRIÁN RAMOS RUELA

A 800 años de la primera representación del Nacimiento de Cristo por San Francisco de Asís en Greccio, Italia, recordamos la figura del monje como aquél que ora y contempla los misterios de Cristo desde su celda.
Aunque el monacato cristiano tuvo su origen en el Medio Oriente: Siria, Palestina y Egipto, particularmente, pronto se extendió por las tierras de Occidente, gracias al influjo de los grandes Padres de la Iglesia y de los pastores que recomendaban este estilo de vida como ejemplar para la vida cristiana.
La introducción del monacato en Occidente se remonta al siglo IV, cuando San Atanasio visitó Roma acompañado por dos monjes egipcios discípulos de san Antonio Abad. La publicación de la Vida de San Antonio y su traducción al latín extendieron ampliamente el conocimiento del monacato egipcio y en Italia se fundaron muchos monasterios para imitarles. Los primeros monjes italianos intentaron reproducir exactamente lo que se hacía en Egipto. Algunos como san Jerónimo, santa Eustoquia y santa Paula se fueron a vivir a Egipto o Palestina como lugares más adecuados a este estilo de vida.
Fue en Francia donde el primer exponente del monacato parece haber sido san Martín Obispo, que
fundó un monasterio en Ligugé cerca de Poitiers. Poco después fue consagrado Obispo de Tours; formó un monasterio fuera de esa ciudad, del cual hizo su residencia habitual. Aunque sólo a dos millas de la ciudad, el lugar estaba tan retirado que Martín encontró allí la soledad de un ermitaño. Su celda era una cabaña de madera, y alrededor de ella sus discípulos, que pronto llegaron a ser ochenta, vivían en cuevas y chozas.

Aún más famoso fue el monasterio de la Abadía de Lérins que dio a la Iglesia de la Galia (Francia) algunos de sus más famosos Obispos y santos. Destaca san Cesareo de Arlés.

En él también se estableció el famoso abad Juan Casiano después de vivir siete años entre los monjes de Egipto, y de él fundó la gran Abadía de San Víctor, en Marsella. Casiano fue indudablemente el maestro más célebre que los monjes de esa región tuvieran jamás, y su influencia estaba del lado de los primitivos ideales egipcios.
Aunque sus vidas nos resultan, además de admirables, difíciles de imitar, en realidad, nos motivan a buscar lo que está a nuestro alcance: la oración y la interiorización de la riqueza de nuestra fe.
ENSEÑANZAS:
1. Los monjes buscan la santidad de manera personal a través de la oración y la ascesis, buscando imitar a Cristo pobre.
2. Se destacan por su experiencia de vida cristiana y por el don de consejo.
3. La soledad “habitada” por Dios y el silencio eran buscados voluntariamente como medios para el encuentro con Dios.

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