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Pbro. Adrián Ramos Ruelas

Los días de Navidad son propicios para profundizar en el Misterio inagotable de Jesús, el Verbo que se encarna para compadecerse de la humanidad caída. Los escritos de los Santos Padres nos ayudan a profundizar en ese Misterio de amor, de misericordia y de ternura.
Los Padres Capadocios (Capadocia es una región de la actual Turquía) son: San Basilio el Grande, San Gregorio de Nisa y San Gregorio Nacianceno.
Existe entre los tres un fuerte vínculo afectivo, intelectual y espiritual. Los tres recibieron una formación sólida, en Cesarea y en Atenas; los tres abandonaron su carrera civil para dedicarse a la vida ascética; y, por su formación y buena fama, los tres recibieron la llamada al ministerio episcopal.
Los tres lucharon por defender la fe ortodoxa ante los ataques y avance del arrianismo (corriente herética que desconocía la divinidad de Cristo). Al respecto, Basilio se pronuncia así sobre el Verbo: “Es indecible la belleza del Verbo, la forma de Dios en su aspecto. Dichosos aquellos que, con todo el deseo, contemplan la verdadera belleza”. Con su Tratado sobre el Espíritu Santo buscó defender la divinidad de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, proclamación que se hizo solemne en el Concilio Ecuménico II en Constantinopla.

San Basilio llegó a ser obispo de Cesarea tras la muerte de Eusebio. Se destacó como político eclesiástico, promotor de obras sociales a favor de los más necesitados y fue quien encabezó el grupo capadocio. A él se atribuye también una Regla monástica. Sus elaboraciones doctrinales fueron siempre recibidas, asimiladas, difundidas y a veces incluso complementadas por los otros dos.
San Gregorio Nacianceno fue gran amigo de Basilio y su hermano Gregorio de Nisa. Se distinguió como maestro de retórica y teólogo Sus convicciones en diversos temas teológicos y doctrinales los convertía en poesía a fin de hacerlos más asequibles a todos los fieles.
San Gregorio de Nisa fue obispo precisamente de Nisa en el 371. Se distinguió más bien como pensador filosófico.
Los tres reunificaron Capadocia en la recta doctrina, tras ser dividida por los seguidores de corrientes heréticas. Promovieron un cristianismo culto que aceptó lo mejor de los griegos sin desfigurar el mensaje cristiano, alcanzando una síntesis paradigmática para la cristiandad oriental en todo el primer milenio.
Gracias al amor pastoral y a la profunda experiencia de fe y espiritualidad, nos legaron los últimos artículos del Credo que recitamos en el llamado Símbolo Niceno-Constantinopolitano:

“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas…”

¿QUÉ PODEMOS APRENDER DE ELLOS?
1. A amar a la Iglesia y defender la doctrina cristiana ante propuestas contrarias a nuestra fe.
2. A trabajar pastoralmente en común por el bien de los fieles.
3. A combinar la preparación intelectual con una profunda vida espiritual.

@arquimedios_gdl

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