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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Los jefes de campaña de los candidatos en turno deberían advertir que en un momento dado es tanta la información que vierten y tan abundantes los promocionales de todo tipo acerca de sus aspirantes a puestos de elección popular, que acaban saturando a la gente, trayendo como consecuencia que al primer indicio de que viene un nuevo comercial político, de inmediato se le cambia de canal o simplemente se apaga el medio. Si piensan que al hacernos ver a los candidatos hasta en la sopa, ya por eso los vamos a elegir, puede que ocurra precisamente lo contrario.
Para el ciudadano consciente, la primera conclusión que saca de este marasmo de propaganda es que, el enorme costo que todo eso tiene, se paga de sus impuestos, y así, mientras va en el camión brincando por tantos baches o porque ni siquiera pavimento tiene en su colonia, de pronto, el comercial de tal o cual candidato prometiendo que todo será mejor, y lo mismo le ocurrirá a quien va conduciendo parándose en cada esquina porque no hay dinero para sincronizar los semáforos, o porque para abrir el negocio más simple hay que pagar, y si vende enchiladas en una esquina, debe pagar, y si algo gana lo puede perder a manos de algún ladrón, porque mientras que los candidatos gozan de todo tipo de protección y seguridades, el ciudadano común, no.
Si en el correr del tiempo se han hecho leyes para regular los espectaculares en favor de la higiene visual, ya sería hora de hacer leyes que limiten, reduzcan y controlen la turbulencia que provocan las campañas electorales, en favor de la higiene mental de la comunidad.

El tema no es solamente ahorro de recursos públicos, sino también evitar una tal saturación publicitaria que acaba confundiendo más que informar a las personas; igual empeño debería de ponerse en la regulación de los debates públicos, que siguen siendo escupideros donde los candidatos piensan que el que más delate, desacredite o exhiba es el que mayores votos tendrá, estamos ya hastiados de ver candidatos sacando cartelas, fotos, y cartones para probar que el o la oponente carecen de valor, son oportunistas y hasta pillos, luego de escucharlos a todos nos convencen de que definitivamente ninguno es recomendable.

Es verdad que antes estábamos peor, sólo eran debates para descalificarse unos a otros, las críticas que tales acciones produjeron llevaron a los candidatos más sagaces a convertir los debates en una exposición de propuestas, aunque sin renunciar a los escupitajos, el tercer y cuarto paso sería que los aspirantes explicaran los medios y los recursos concretos de que se valdrán para poner en práctica lo que proponen, y las sanciones específicas que aceptarán si todo queda en falsas promesas.
Cierto que nada de esto pasaría si los gobiernos se hubiesen empeñado en el fomento constante del compromiso cívico y la participación democrática de la sociedad desde que la democracia se impuso en México.

armando.gon@univa.mx

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