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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Saber leer los signos del tiempo no es una tarea fácil que se pueda improvisar, requiere de una larga preparación que va más allá del solo estudio o análisis de la realidad, exige la capacidad de observar desde dentro, de una profunda y aquilatada vida de meditación, requiere saber pasar la noche en oración antes de hacer proclamas o declaraciones o enviar mensajes al pueblo de Dios escritos por “expertos”.
Lo primero que vemos luego de concluido el pasado proceso electoral, es toda una campaña bastante bien orquestada que tuvo como primer objetivo captar a la gente emocionalmente impresionable, mentalmente manipulable, y además, religiosamente hipersensible, personas ideologizadas con las ideas de la extrema derecha latinoamericana, integristas, para las cuales solamente existe el blanco y el negro, que viven bajo la impresión de que el fin del mundo ya ha comenzado y lo ha hecho en México, de que nunca se había visto lo que hoy se ve, de que ha terminado el tiempo de la misericordia y ahora se impone con rigor el tiempo del dios castigador y justiciero.
El siguiente paso ha llevado a aplicar esta visión apocalíptica justo a la coalición opositora, la que ha destruido al país, la que ha arruinado las instituciones, la fuente de todas esas nuevas leyes que atentan contra los valores y los principios, contra la vida y la familia, y en consecuencia aferrarse a la coalición contraria con una radicalidad pocas veces vista, pese a estar formada por un partido de izquierda, y dos de ya no sabemos qué, puesto que el PRI y el PAN hace mucho que desdibujaron sus ideales políticos para reducirlos a intereses electorales.

Y así se armó la de “Dios es Padre” sin que autoridad alguna se haya pronunciado en favor de la mesura, del análisis inteligente y objetivo, del diálogo y del debate en términos de propuestas razonables, incluso las “jornadas por la paz” a muchos les parecieron más bien jornadas a favor de éstos y en contra de aquéllos, y la misma “marea rosa” no fue capaz de mantenerse dentro del ámbito expreso de la movilización social sino que tuvo que buscar la envoltura religiosa para fortalecer su impacto.
Bajita la mano, o ni tan bajita, las cosas de Dios se pusieron al servicio del César de una y otra parte, pero más desde la coalición presidida por la señora Xóchitl, que, en el último debate, perdida ya toda cordura, se puso en el papel del gran inquisidor reprochando a su oponente lo mismo que ella hacía.
En un escenario de tantos extremos era inevitable el conflicto electoral y, sobre todo, el post electoral, la sospecha crónica, la susceptibilidad prejuiciada, los malos manejos distritales, el atizamiento mal intencionado de los opinadores mediáticos, revivió las mismas actitudes del 2006, ya sólo falta que Xóchitl se autoproclame presidenta en el Zócalo o se adueñe de Paseo de la Reforma por seis meses.

armando.gon@univa.mx

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