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Hermanas y hermanos en el Señor:

Para el evangelista san Marcos, luego de elegir a los primeros cuatro discípulos, Jesús se presenta en la sinagoga, donde se revela como Maestro, como Profeta y como Mesías, y todos los que estaban presentes reconocieron su autoridad.
Llama la atención que esto haya sucedido en el día santo (sábado), en un lugar sagrado (la sinagoga), en medio de la asamblea santa (ahí se manifestaba Dios), pero faltaba una cosa, que se manifestara el Santo de los santos de Dios, Jesucristo.
Además, es de mencionarse, que una confesión de reconocimiento de su persona viniera de un espíritu maligno, al que inmediatamente el Señor le pide que se calle y que le obedezca, porque Él viene con todo el poder de Dios.
No es exagerar hacer un traslado de esta escena del Evangelio a lo que vivimos cada domingo en la Eucaristía, es decir, estamos –sí– en un lugar santo, somos la asamblea santa convocada por Dios, pero por encima de todo, y en medio de nosotros, está el Santo de Dios, Jesucristo. Él es el que nos reúne y está vivo y presente cada domingo, es el que nos participa su Espíritu y nos da su misma vida.

Necesitamos ser conscientes, confiados en el poder del Señor que nos convoca, que nos enseña y que nos salva.

Vivimos nuestra vida –en la sociedad, en el mundo– inmersos en tantas enseñanzas, en tantas propuestas e ideas contrarias, en cosas que nos presentan como valores, pero que, en realidad, destruyen los auténticos valores cristianos y, así, muchas personas creen en esas ideas y no alcanzan a descubrir su falsedad.
Muchos vivimos como poseídos de espíritus inmundos que no tienen nada que ver con la verdad de Dios ni con su amor.

Vivimos envueltos en tantas propuestas que nada tienen que ver con la misericordia infinita de Dios y con su voluntad de salvarnos, engañados (poseídos en nuestra mente y en nuestro ánimo por espíritus que nos confunden y que nos ponen en contra de la verdad).

Por eso, cuando vamos a un lugar como el templo, a encontrarnos con el Señor, debemos tener la confianza de que Él tiene el poder de liberarnos, de enseñarnos con autoridad.

Las opiniones que nos confunden, que nos dividen y que nos engañan, no tienen ninguna autoridad.
Jesús sí nos enseña con autoridad; es el único que la tiene sobre nuestra vida y sobre la humanidad.

Erróneamente les damos autoridad a esas mentiras, pero el único que tiene autoridad sobre nuestra vida, para salvarnos, para liberarnos, es el Señor Jesús. Es el único que nos puede liberar de todas las confusiones y espíritus malignos que buscan manipularnos.
No nos confundamos. El Señor reitera su presencia cada vez que nos reunimos en la Eucaristía: “Tomen y coman mi Cuerpo entregado por ustedes… Tomen y beban mi Sangre…”, para que tengamos vida.
Abrámonos a Él con sinceridad, humildad y perseverancia, y dejémonos enseñar sólo por su Palabra, por su Evangelio, que sea la luz para nuestra vida y la respuesta ante cualquier confusión. Que sea el centro de nuestro saber, porque ahí está todo el poder salvador de Dios para nosotros.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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