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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

La sinodalidad tiene sus raíces etimológicas en el griego sin (con) y hodos (camino) con el sentido de “caminar juntos”. Es un término teológico que se utiliza para referirse a la Iglesia, que es “una”, como misterio de comunión y participación. Por tanto, es una concreción de la comunión y una forma de participar del misterio de la Iglesia, en la que cada bautizado, conforme a su propio carisma, don, ministerio o servicio, tiene parte y es parte de la heredad de Dios, que es la Iglesia. En cuanto que es parte y tiene parte tiene el derecho y la obligación de participar en la misión de la Iglesia, misión que corresponde a su identidad misma.

Una forma privilegiada de favorecer la participación y, consecuentemente, la corresponsabilidad es generar en nosotros la actitud de escucha, que supone apertura, diálogo, discernimiento, conversión y compromiso.

Junto con la “actitud de escucha” se deben crear o renovar las “estructuras de escucha”, previstas por el Derecho Canónico.
A nivel diocesano: Asamblea Pastoral, Cabildo de Canónigos, Consejo Presbiteral, Colegio de Consultores, Consejo de Pastoral (Reunión Conjunta), Consejo de Economía, etc.; a nivel de Vicarías y Decanatos: Equipos Natos y Equipos Eclesiales; a nivel parroquial: Equipo Coordinador Básico.
Dígase lo mismo de las distintas Comisiones y Dimensiones Diocesanas que deben conducirse siempre con la actitud de escucha y prever su organización interna desde estructuras de consejo y trabajo en equipo.
El buen funcionamiento de estas estructuras permitiría una mejor coordinación entre las distintas instancias eclesiales y una mayor eficacia en la tarea pastoral.

La sinodalidad, como actitud de escucha y las estructuras para hacerlo, se realiza en tres círculos concéntricos: todos – algunos – uno.

En nuestra Diócesis, por ejemplo, la Asamblea Pastoral lleva esta dinámica: Para poder escuchar a “todos” se realiza la Asamblea Parroquial; en las Asambleas de Decanato y Vicaría sólo asisten “algunos” representantes de las Parroquias y en la Asamblea Diocesana asisten solamente “algunos” representantes de Decanato. Se escucha a estos “algunos” no en nombre propio sino como representantes de todos.
Pero “uno” es el Obispo que, escuchando, tiene el carisma de autoridad jerárquica; habrá que remarcar que “uno” significa que su discernimiento, ayudado por la consulta, debe ser con una profunda libertad interior, alejando de sí otro tipo de intereses de grupo, económicos, políticos, etc. y movido exclusivamente por la voluntad divina.
Esto nos libra de confundir la sinodalidad con la democracia o, cuando se habla del carácter jerárquico de la Iglesia, confundirla con la monarquía.

La Iglesia no es democrática ni es monárquica, sino que es jerárquica y sinodal; los primeros son conceptos sociológicos y los segundos netamente teológicos. La Iglesia jerárquica y sinodal siempre debe buscar, discerniendo, la voluntad de Dios; los monarcas hacen su voluntad al margen de Dios y en la democracia, puesto que cada uno tiene ya su punto de vista bien fincado, se negocia para llegar acuerdos ventajosos para algunos o donde se escucha a las mayorías, pero no a Dios.

@arquimedios_gdl

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