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Hermanas y hermanos en el Señor:

Al terminar el año litúrgico, la Palabra de Dios nos previene acerca de la llegada del Señor al final de nuestra vida, y nos exhorta a que vivamos vigilantes y preparados para que esa venida del Señor no nos tome por sorpresa.

Esta espera vigilante no significa que estemos pasivos, con los brazos cruzados, sino que tiene que ser una espera activa, diligente, aplicada a hacer el bien.

No sabemos el día ni la hora, porque el Señor no se va a anunciar; de ahí que es necesario que estemos siempre diligentes y activos en el bien, para que no nos tome desprevenidos.

El Señor nos entrega dones para que los trabajemos mientras estamos en esta vida, conociendo que de estos entregaremos cuentas el día que Él llegue.

Estos talentos, estos dones, se han interpretado varias veces como los dones naturales (la inteligencia, la belleza, la fuerza, la creatividad, ser artista, etc.), y no es precisamente a lo que se refiere la parábola. Eso sería muy limitado.

Los dones naturales que tenemos los desarrollamos también naturalmente, porque siempre queremos superarnos, entramos en competencia con los demás, para manifestarnos más inteligentes y hábiles que ellos, y con mejor capacidad que los otros. Es más, muchas veces utilizamos esos talentos para humillar, para sentirnos superiores a los demás.
A lo que se refiere Jesús cuando nos presenta la parábola de los talentos es a los dones sobrenaturales que Dios nos ofrece a todos por igual. Esos dones son, por ejemplo, la Palabra de Dios, que es para todos; además, la gracia a través de los Sacramentos. También nos ofrece su Reino, sembrándolo en nosotros desde el día de nuestro Bautismo.

Se trata de que los dones sobrenaturales que Él pone en nuestras manos, los desarrollemos de acuerdo a nuestras capacidades, circunstancias y generosidad, y de los que nos va a pedir cuentas.

Consideremos los muchos dones que Dios nos ofrece en nuestra vida cristiana. Fuimos bautizados, fuimos confirmados, hicimos la Primera Comunión, asistimos a las celebraciones litúrgicas, escuchamos la Palabra de Dios.
Es momento de preguntarnos acerca de todos esos dones que el Señor nos ofrece desde el inicio de nuestra existencia, y que nos los ofrece permanentemente, si los hacemos producir en bien de los demás. ¿Cuánto proyectamos nuestra fe cristiana para mejorar nuestra vida, la de los que nos rodean, y cómo los aprovechamos para hacer el bien, para ver por los más necesitados (los enfermos, los solos y tristes)? Éste es el objetivo que Jesús persigue al darnos esta enseñanza.
Nuestros talentos, con la gracia de Dios que nos ofrece, cuando llegan a un corazón dispuesto, abierto a la voluntad de Dios, florecen y fructifican.

Los dones que el Señor nos concede son para que los hagamos fructificar en obras de amor y misericordia en favor de nuestros hermanos.

El Papa nos recuerda: “No apartes tu rostro del pobre” (Tb 4,7), es decir, no dice que nos hagamos disimulado o indiferente, que no pasemos de largo ante el necesitado. Para eso se nos dan los talentos.
Que el Señor nos dé su gracia para corresponder a tantos dones de su amor.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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