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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

La falta de una comprensión madura y verdaderamente evangélica de la Iglesia puede llevarnos a posturas que, brotando de una lectura parcial de la verdad de fe, obscurecen otros elementos esenciales. Por ejemplo:
1) Acentuar la universalidad en detrimento de lo particular. Es una tentación que puede ser utilizada para eludir la responsabilidad de vivir el misterio de la Iglesia en una comunidad concreta y ahí instaurar el Reinado de Dios.
Tener un amor exclusivo al Papa dando la espalda al Obispo; añorar los planes universales y concretarlos acríticamente en las comunidades particulares, sin que respondan a su realidad. Justificar la falta de compromiso con la Iglesia diocesana, eludir compromisos concretos por vivir atentos en lo que se vive en Roma; olvidar los problemas locales, que quizá ni son conocidos por falta de interés, y mostrar un exclusivo interés por los problemas de otras latitudes. Recordemos que no se puede tener un corazón auténticamente católico sin la experiencia de la Iglesia particular.
2) Parcial fidelidad a la Iglesia. La Iglesia, como sacramento, es instrumento y signo de la comunión con Dios y entre nosotros (cf. LG 1), pero no puede ser autorreferencial porque no es un valor absoluto; está siempre al servicio del Reino, es servidora de la salvación para el mundo. Muchas veces pretendemos ser muy eclesiocéntricos y mantener una falsa fidelidad a la Iglesia, defendiendo lo indefendible, en vez de abrirnos a la Verdad y provocar una auténtica conversión eclesial.

Por otra parte, corremos el riesgo de parcializar la verdad de la Iglesia, tomar lo que nos gusta y desechar lo que nos disgusta, cuando olvidamos el progreso en la comprensión de la única Verdad revelada por parte del Magisterio: así somos “fieles” al Papa que apoya mis puntos de vista, y mantengo una postura crítica con el que me cuestiona o con el que no “comparto” su enseñanza. Necesitamos honradez humilde para ser fieles a la Palabra de Dios y al Magisterio de la Iglesia.

3) Confundir la unidad con la uniformidad. La unidad es una nota esencial de la Iglesia, pero no se debe confundir con la uniformidad, causa de reacciones violentas y de sufrimientos innecesarios. La fe cristiana nació en la cultura hebrea, pero supo inculturarse en la cultura greco-romana, así como hoy también el Evangelio se incultura en las distintas culturas. No debemos tener miedo a las culturas diferentes, aunque haya diferencias profundas con la nuestra, porque el Evangelio se encarna purificando y elevando las culturas en lo que tienen de bueno, verdadero y noble. Por tanto, no se puede “romanizar” a las comunidades autóctonas, ni buscar adaptar acríticamente los moldes culturales de otras Iglesias particulares a la propia. Unidad en lo esencial, es decir, en la confesión de la única fe, en la celebración de los mismos sacramentos y en la comunión con el Colegio Episcopal, cuya cabeza es el Papa; diversidad en los elementos propios de cada comunidad que vive de forma creativa y muy particular el Evangelio de Jesucristo.

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