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“¿Dónde está Dios en los desastres naturales que causan tanto sufrimiento?” Es una pregunta que se hace mucha gente. Y como todos sabemos, aunque el sufrimiento es un misterio que no podemos descifrar cabalmente, sí podemos y debemos reflexionar sobre las catástrofes que la naturaleza nos presenta, particularmente, cuando hablamos –ahora– de terremotos.
Se ha catalogado el mes de septiembre como el mes de temblores en México, porque hemos lamentado no solo el miedo que provocan y la destrucción de muchas construcciones sino, sobre todo, la pérdida de vidas humanas.
Aunque, como se puede comprobar científicamente, septiembre no es el mes que más tiembla en nuestro país, es el período cuando más se han sentido. Tiembla, de hecho, más en otros meses del año, pero no son perceptibles de la misma forma.
Lo que tenemos que evitar los creyentes es pensar que estos desastres naturales son castigo de Dios. Es una superstición creerlo así. El Señor no castiga. La superstición es una falta contra el Primer Mandamiento de la Ley de Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, 2111) porque, en la práctica, con la superstición se le da más poder al hecho en cuestión (en este caso al terremoto o a una fuerza ajena a Dios que lo provoca) que al Creador.
Ciertamente, cuando nos toca vivir una situación como ésta (un terremoto) lo que debemos pensar es qué pasaría si el Señor nos estuviera llamando a su presencia en ese momento, o qué tengo que valorar (personas o cosas) o enmendar en mi vida, que no le he puesto suficiente atención, pero nunca pensarlo como un castigo.

Por desgracia, cuando –por lo general– hay algo que no podemos resolver en nuestra vida o que no le encontramos una explicación “razonable”, tendemos a pensar que es cosa del Demonio o castigo de Dios. Y estamos equivocados.

La superstición puede conducir a la idolatría y a distintas formas de adivinación y magia. La “suerte”, entendida como una fuerza que pueda afectar el destino, no existe. El cristiano sabe que depende de la Providencia divina y que es responsable por su libre albedrío. La superstición es producto de ignorancia o de un vacío espiritual.
Pero también hay que pensar en la responsabilidad completamente humana en los desastres naturales, incluidos los terremotos. Así lo dijo el Papa Francisco (13 de octubre de 2018), día que se celebra la Jornada Mundial por la reducción de los desastres naturales:

“Lamentablemente, hay que reconocer que los efectos de semejantes calamidades con frecuencia se agravan por la falta de cuidado del ambiente por parte del hombre”.

Un terremoto o un tsunami, son acontecimientos naturales, pero incluso, cuando se tiene tsunami, las zonas que más sufren son las regiones costeras donde los manglares han desaparecido y donde ya acabaron con los arrecifes de coral. Espacios donde ha intervenido el hombre, el daño es mayor para la naturaleza y, peor, para los habitantes de esos lugares.
En los desastres naturales hay un significado, un misterio que no podemos explicar, pero no se identifica con un castigo de Dios. Desastres que hay que valorar y pensar que el ser humano puede hacer mucho por mitigarlos si fuera más responsable con la naturaleza.

@arquimedios_gdl

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