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Hermanas y hermanos en el Señor:

No exagero si aseguro que los Sacerdotes, desde nuestra infancia, aprendimos a conocer, a tener devoción y amor a la Virgen María, inducidos por nuestros padres, especialmente con el rezo del santo Rosario, en el seno de nuestro hogar.
Después, cuando el Señor nos invitó a seguirlo, el Seminario nos ayudó a profundizar y crecer en el conocimiento de la Virgen María y, sobre todo, en la comprensión de su participación en la historia de nuestra salvación, tanto en sus celebraciones como en el estudio sobre su persona.
También en las comunidades en las que hemos sido destinados encontramos un estímulo para seguir amando a María en sus distintas advocaciones.
El pueblo de Dios nos ha enseñado a amar a la misma Madre.
Por eso, es natural que tengamos una fecha especial para que los Presbíteros vayamos como peregrinos a la casa de Ntra. Sra. de Guadalupe para experimentar su amor maternal, y para expresarle las preocupaciones, necesidades y sentimientos que tenemos en nuestra vida sacerdotal y como pastores.
El Concilio Vaticano II nos enseña que la Virgen María es modelo de la Iglesia a la que pertenecemos. De tal manera que debiera ser una preocupación que los fieles capten que, así como María supo acoger a Dios hecho hombre, así debiéramos, como comunidad eclesial, seguir y estar atentos a la Palabra de Dios, y ponerlo en práctica en la evangelización, en la vida cristiana y por el testimonio de las virtudes que suscita en nosotros el Evangelio, para que brille la persona de Jesucristo. Solo acogiendo la Palabra como María, podemos ser, como Iglesia, sacramento de la presencia de Dios en el mundo.

Muchos fieles sufren una parálisis espiritual marcada por el agobio, por la pérdida de ilusión o por la presunción de que son buenos.

Vivimos una parálisis porque estamos distraídos en tantas propuestas que nos hace el mundo, pero tendríamos que hacer un esfuerzo para superarla.
La parálisis más profunda que podemos tener es el pecado, que nos impide seguir a Jesús, que nos impide estar disponibles al servicio de los demás.
Parálisis que nos frena, que pone una separación entre lo que deberíamos ser y lo que esperan los fieles de nosotros.
La Iglesia, inspirada en María, debería ser siempre instrumento de perdón, de misericordia y de sanación para todos nuestros hermanos.

Tristemente nos proponemos, en lugar de facilitar el perdón y la curación, ser rígidos y celosos, y creernos que somos los que podemos decidir quién es perdonado y quién no.

El Evangelio nos dice que la misericordia está siempre al alcance de quien se acerca con la necesidad y el reconocimiento de su pobreza y con el propósito de superar su mal. No podemos ponernos estrictos con todo el que se acerca con el deseo de experimentar la misericordia de Dios.

La Iglesia debería ser siempre madre de la misericordia. La misericordia es Jesucristo, que quiere servirse de la mediación eclesial para ser palpable su amor.

Que María nos quite toda tentación de considerarnos los jueces, los administradores rígidos de la misericordia de Dios.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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Papa Francisco

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