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Sergio Padilla Moreno

A pocos meses de concluir el Año Ignaciano, donde se conmemoran los 500 años de la herida sufrida por Íñigo de Loyola y que fue un hecho que sería el germen de la Espiritualidad Ignaciana y la Compañía de Jesús, los miembros de esta familia sufrimos una herida por el asesinato de los padres jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora, cuando defendían a Pedro Eliodoro Palma del sujeto que, a la postre, les arrebató la vida a los tres. El dolor y estupor crecen cuando, quienes no los conocimos en persona, nos damos cuenta por múltiples testimonios que este par de jesuitas fueron hombres que, simplemente, “pasaron haciendo el bien” (Cfr. Hechos 10:38), en la comunidad Tarahumara de Cerocahui.

El dolor e indignación nos llevaron a muchos a exigir resultados en materia de seguridad a las autoridades de los tres niveles de gobierno, porque es claro que el asesinato de estos jesuitas son uno más de los que se dan todos los días, donde hombres y mujeres pierden la vida en medio de una cultura de la muerte que desde hace mucho se instauró en México.

 Los padres Javier y Joaquín se convierten en víctimas emblemáticas de esta terrible realidad, como en su momento fueron los indígenas masacrados en Acteal, los migrantes asesinados en San Fernando Tamaulipas, los jóvenes desaparecidos y muertos de Ayotzinapa, y un muy largo etcétera.

Pero es claro que la perspectiva que nos dará el paso de los días nos permitirá discernir los actuales signos de los tiempos y asumir nuestras propias responsabilidades y posibilidades de acción para entender, enfrentar y revertir, desde nuestros respectivos contextos, esta cultura de la muerte. Es así que destaco un par de ideas que se han expresado en estos días y que vale la pena reflexionar.

El P. Alex Zatyrka, Rector del ITESO, dijo en una de las primeras Eucaristías en memoria de los dos jesuitas: “hay un grave peligro de querer incidir en el mundo si no estamos enamorados [de Jesús]; terminamos destruyéndolo, con la mejor de las intenciones, con indignaciones pasajeras, con arrebatos justicieros complicando las cosas más de lo que las arreglamos.” Diríamos en términos de la espiritualidad ignaciana: “En tiempo de desolación nunca hacer mudanza”, lo que equivaldría a decir que en tiempos convulsos hay que tomar la calma necesaria para discernir la mejor acción.

Por otra parte, el P. Gerardo Moro, Provincial de la Compañía de Jesús en México, dijo en su mensaje al final de la misa de cuerpo presente de los dos jesuitas: “Urge buscar la reconciliación, construir espacios de diálogo desde lo local y lo nacional; la situación de violencia que hoy vive nuestro país necesita de todas y todos, no existe un único responsable, todos tenemos una responsabilidad en esta tragedia nacional.” Estas palabras claras y proféticas del P. Provincial nos invitan a revisar, con claridad y humildad, qué tanto hemos contribuido, en mayor o menor medida, por acción, palabra u omisión, al clima de violencia y corrupción que vive el país. Es un discernimiento a hacer de manera personal, institucional y eclesial.

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara – padilla@iteso.mx

Misa de Cuerpo Presente. P. Joaquín Mora S.J. y P. Javier Campos S.J.

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