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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La vida de la sociedad actual oscila entre el trabajo y la diversión, en el mejor de los casos un trabajo del cual se gusta, al cual se le echan ganas, que te recrea, en el peor, un trabajo que pesa, que hay que hacer por pura necesidad, en ambientes con frecuencia tóxicos, divididos por envidias y ambiciones.
La diversión, el descanso, la recreación, son desde luego muy importantes, aunque las penurias de un trabajo soportado más que asumido hacen del descanso una huida neurótica y adictiva.
Y, sin embargo, cuando una persona ama su trabajo y se recrea en él, la diversión y hasta el descanso pasan a un lugar secundario, en eso radica la distinción entre trabajar por verdadero gusto y hacerlo por pura necesidad.
En el presbiterio podríamos distinguir como dos sectores, el de los sacerdotes a los que hay que obligar a descansar y el de los sacerdotes a los que hay que animar a trabajar, sin poder establecer, metodológicamente, los respectivos porcentajes, si bien considerando que el porcentaje mayor corresponde al primer grupo.
La verdad es que todos hemos conocido a sacerdotes admirablemente dedicados a su trabajo, en términos clásicos se diría, entregados a su ministerio, en términos actuales diríamos que estos pastores han hecho de su ministerio su primer y principal “hobby”, es decir, su felicidad, su alegría, su descanso es la acción pastoral y cualquier otra forma de distracción la ven como una pérdida de tiempo.

A veces sucede lo contrario. A causa de experiencias mal digeridas, de expectativas incorrectas, de aspiraciones fracasadas, de un mal manejo de la frustración, de conflictos en el ejercicio del trabajo o en relación con los colaboradores, o por la decepción de que el ministerio no es lo que se había alguien imaginado, se le comienza a arrastrar bajo el estímulo del “hay que hacerlo”, “de momento no tengo de otra”, “ni modo”.
Este hacer las cosas como quien carga un pesado fardo hace del descanso, de las vacaciones y de cuanta oportunidad se tenga para distraerse y divertirse, un verdadero escape que se quisiera prolongar al máximo posible, generando conductas adictivas que van destruyendo poco a poco a las personas.

Curiosamente, el “activismo” pastoral, puede ser un síntoma de la misma enfermedad, si bien, con mejores resultados y un buen pronóstico; como dicen los campesinos, de la mucha agua algo queda, de la sequía, no queda nada.
Saber discernir con seriedad y honestidad las propias actitudes y conductas sería el paso primero y esencial para superar positivamente este tipo de situaciones. No siempre es así, llegándose en consecuencia a una equivocada interpretación de los hechos y por lo tanto a decisiones indebidas.
Afortunadamente nuestro Plan Diocesano de Pastoral ha vuelto su mirada también hacia los sacerdotes en crisis, y es seguro que pronto, porque urge, habrá caminos muy concretos, sistemáticos y eficientes para brindar el apoyo necesario a cuanta persona atraviese por estas experiencias.

armando.gon@univa.mx

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