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Alfredo Arnold

El proceso de lo que llaman “militarización” en nuestro país no comenzó con la 4T. De hecho, usted recordará –y así se lo reclamaron a la mayoría oficialista– que tanto el partido Morena como el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador reprobaban el hecho de que las Fuerzas Armadas realizaran tareas policiacas. El Presidente admitió en una Mañanera que había cambiado de opinión.

Posteriormente, vinieron los procesos legislativos, mediante el cuales se reformó la Constitución para que la Guardia Nacional pase a formar parte de la Secretaría de la Defensa y para que las Fuerzas Armadas permanezcan realizando actividades de Seguridad Interior hasta el año 2028, extendiendo por cuatro años el artículo transitorio de la ley que limitaba hasta el 2024 su actuación y hoy la prolonga hasta dos terceras partes del próximo sexenio.

La negociación parlamentaria en la Cámara de Diputados ocurrió como se esperaba, con la mayoría calificada de Morena, sus aliados y algunos integrantes de la oposición que dieron su voto al dictamen favorable. Con los senadores fue un poco diferente, de hecho, tuvieron que posponer la votación para que el coordinador de Morena, el senador Ricardo Monreal realizara negociaciones con algunos opositores para obtener los votos necesarios; finalmente, tanto en Diputados como en Senadores, las iniciativas avanzaron con éxito, como se espera que también ocurra en los Congresos de los Estados, donde existe una avasalladora mayoría morenista.

Pero, decíamos que esto no fue idea de la 4T, sino que llegó como una necesidad que existía en el país desde antes de que iniciara este sexenio. No es común que los militares se expresen en público; sin embargo, en octubre de 2006, el entonces secretario de Defensa, general Salvador Cienfuegos Zepeda, después de inaugurar un seminario sobre defensa nacional, expresó una queja ante los medios informativos: “Hay desgaste (en las fuerzas armadas); es obvio, estamos trabajando en todo el país, a toda hora, en todo momento, en la sierra, en las ciudades”.

El Ejército, además de sus labores en la lucha contra el crimen que le causaba muchas bajas, realizaba tareas de reforestación, cuidaba escuelas y se encargaba de otras actividades. Contaba entonces con 230 mil efectivos y se escuchaba que “nuestros soldados ya no pueden hacer más. Proporcionalmente a nuestro territorio y población, somos el ejército más pequeño del mundo”. Y como si la carga de trabajo no fuera suficiente, había sectores que los acusaban de violar los derechos humanos.

La queja de la SEDENA tenía fundamento: mucho peligro, mucho trabajo, actividades diversas, personal insuficiente y la opinión pública no siempre de su parte.
Con la llegada del nuevo gobierno, las actividades del Ejército se incrementaron. Se les asignó contener la inmigración, construir aeropuertos, el Tren Maya, los bancos del Bienestar, repartir las vacunas anti covid-19, administrar aduanas y otras tareas que antes no tenían. En su apoyo se creó la Guardia Nacional que, si bien aportó una gran cantidad de efectivos, no ha resuelto los problemas de capacitación y de recursos materiales necesarios para su desempeño.

Hoy, las Fuerzas Armadas tienen el doble de personal con respecto a 2006. Cuentan con, aproximadamente, 466 mil elementos repartidos de la siguiente manera: 237 mil en el Ejército, 30 mil en la Fuerza Aérea, 75 mil en la Armada y 124 mil en la Guardia Nacional. Además, existe una legislación federal que les permite realizar sus labores de forma constitucional y las fuerzas de tierra quedaron bajo un solo mando. Todo ello no fue planeado ni por los diputados aplaudidores ni por los políticos gobiernistas.

Más bien parece ser el resultado de una reforma necesaria desde hace años, que desafortunadamente se politizó dadas las circunstancias partidistas que imperan actualmente.

Es imposible anticipar el resultado de este cambio, pero lo importante es que resulte exitoso. Simultáneamente es importante avanzar con una estrategia de seguridad interior, aunque difícilmente podría llegarse a consensos con el antagonismo político que se vive.

También es muy importante que el Ejército garantice el respeto a las instituciones, que se formen y fortalezcan policías estatales y municipales, y que los soldados empaticen con la población. Lo que muchos llaman “militarización” ha sido un paso trascendental. Esperemos que sea para bien.

@arquimedios_gdl

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