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LA PALABRA DEL DOMINGO Juan López Vergara

Nuestra Madre Iglesia ofrece hoy un pasaje del santo Evangelio que sobresale por la sublime exquisitez con que proclama el Misterio de Dios como pura gratuidad, como amor que se dona, y la confiada respuesta de María –la linda jovencita de Nazaret–, quien así honró a la Vida como sólo una madre puede hacerlo (Lc 1, 26-38).

UNA LINDA JOVENCITA FUE LLAMADA A SER LA MADRE DEL SALVADOR
Con su habitual destreza, Lucas nos traslada del solemne Templo, en que tuvo lugar la anunciación del nacimiento del Bautista, a una aldea de Galilea, donde vivía una linda jovencita desposada con un varón de la casa de David, llamado José (véanse vv. 26-27). En tan insignificante lugar resonaron las palabras divinas más hermosas jamás escuchadas por una mujer: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (v. 28). “Llena de gracia” es uno de esos participios pasivos, casi títulos que conocemos por la literatura profética (compárense Os 2, 3; Is 62, 4). María se preguntaba qué significaría aquel saludo, cuando el Ángel le anunció que concebiría un Hijo que sería grande, al cual Dios le daría el trono de David, cuyo reinado sería eterno, y a quien pondría por nombre Jesús (véanse vv. 29-33). Aquella linda jovencita fue llamada a ser la Madre del Salvador, sería la casa de Dios en la historia, su puerta a la humanidad.

LA MATERNIDAD DE MARÍA ES OBRA DEL ESPÍRITU
María, la Virgen, preguntó: “¿Cómo podría ser esto, puesto que yo permanezco Virgen?” (v. 34). El Mensajero con excelsa delicadeza le dijo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios” (v. 35). Gabriel, enseguida, sin que María lo hubiera solicitado adujo como señal el embarazo de Isabel: “Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios” (36-37). La maternidad de María es obra del Espíritu, del poder de Dios como sombra que fecunda.

LA REALIZACIÓN DEL MÁS GRANDE ANHELO DIVINO DEPENDIÓ DE LA RESPUESTA DE UNA MUJER
El Sí de María es un claro símbolo de la libertad humana: “Yo soy la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho” (v. 38). Por eso la Iglesia, Madre y Maestra, siempre ha enseñado que María ocupa un lugar único en la obra de nuestra salvación. El Ángel dejó a María, pero la Palabra permaneció, la promesa empezó a cumplirse.

La Encarnación entraña la realización del más grande anhelo divino en la historia, que dependió de una respuesta humana. Y la realización de semejante anhelo divino, al encarnarse en un varón llamado Jesús, no se realizó sin la anuencia de una mujer.
Muy apreciables lectores, para actualizar la Palabra de Dios ofrecida el día de hoy, profundicemos en la misión femenina, como punto central ante muchos cuestionamientos de nuestra sociedad. Dios quiso participar de nuestra naturaleza humana y fue deseado y acogido por una madre. La vida de María se encuentra resumida en su Sí. Su fecundidad es ilimitada porque semejante Sí sigue posibilitándonos participar de la Vida. Por todo ello, los exhorto a pedir a Dios la gracia preciosísima de unirnos desde el fondo de nuestra alma, al agradecido canto de don Miguel de Unamuno, entrañable poeta:

“Tú, Señora, que a Dios hiciste niño, /hazme niño al morirme / y cúbreme en el manto de armiño / de tu luna al oírme con tu sonrisa”.

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