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En los últimos 30 años en México han surgido una serie de instituciones que han sido fundamentales para ir construyendo un entramado democrático. Si bien la democracia en México tiene aún grandes retos –y ahora grandes amenazas– lo cierto es que han existido mecanismos que sí han generado contrapesos, ayudando a fortalecer la influencia de la ciudadanía en la acción de gobernar.
Una de las expresiones de que nuestra cultura democrática no ha logrado un cambio radical es la poca participación en los procesos electorales (el 65% en promedio de la lista nominal en Jalisco) y el poco compromiso de ciudadanos por involucrarse en organismos de la sociedad civil.
Si nos preguntan: ¿A qué distrito electoral perteneces? ¿Cómo se llama el diputado local que te representa? ¿Cómo se llama el diputado federal que te representa? O si nos dicen que mencionemos alguna propuesta del diputado federal o local del distrito en el cual vivimos, el 90 por ciento de los consultados lo desconocen. Queda una sensación de desencanto y de verdadera preocupación por lo ajeno que estamos los ciudadanos de la actividad y comunidad política.
Por ahora la democracia es un sistema que ha permitido a la humanidad transitar por caminos de mayor justicia y libertad. Condición indispensable para que haya democracia es que los ciudadanos pueden elegir libremente a sus representantes.
“… la Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica”, que lo señala san Juan Pablo II en Centécimus Annus.

Por otra parte, para que exista una política sana, propositiva, que tienda siempre al bien común y en el respeto de la dignidad de la persona, es necesario que los ciudadanos dedicados a la política profesionalmente, sean personas probadas en la virtud de la caridad.
El Papa Francisco plantea este camino en el capítulo cinco de la encíclica Fratelli tutti:
“La caridad social nos hace amar el bien común”. El buen político busca caminos de construcción, y tiene la obligación de descubrir y valorar la dignidad de los pobres, pues están llamados a preocuparse por la fragilidad de los pueblos y de las personas.
El político debe ser un hacedor, un constructor con mirada amplia, y realista, y como ser sensible y humano, el político está llamado a vivir el amor social en sus relaciones interpersonales cotidianas.
El camino de la actividad política lo tenemos que recorrer todos, políticos y ciudadanos, bajo el amparo de la caridad para crear procesos virtuosos de solidaridad, como motores de verdadera transformación.
Nos unimos, como pueblo de Dios, con fe y esperanza a la súplica del Santo Padre Francisco: “¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!”.
Es deber ineludible de todos y cada uno de los católicos en salir a ejercer nuestro derecho al voto este 2 de junio.

@arquimedios_gdl

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