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Hermanas y hermanos en el Señor:

Los Mandamientos nos presentan una síntesis de lo que Dios manda y todo lo que anunciaron y proclamaron los profetas.
Se dividen en dos partes. En la primera, se habla del deber que tenemos para con el Señor, para permanecer fieles a la alianza que ha celebrado con nosotros de ser nuestro verdadero y único Dios y Padre, y que nosotros, descubriéndolo así, le debemos fidelidad, como Él es fiel para con nosotros.
Él nunca renuncia a ser nuestro Padre, nunca deja de portarse como un Padre amoroso y misericordioso. La parte que a Él le corresponde de la alianza, la cumple cabalmente.

Los que tenemos que revisarnos somos nosotros, cuánto es y qué grado de fidelidad le tenemos, qué tanto ocupa en nuestra vida Dios.

La otra parte de los Mandamientos tiene que ver con el amor al prójimo, que se manifiesta en las relaciones, en el respeto, en el amor y en la ayuda para con los demás.
Por eso dice Jesús que toda la Ley se sintetiza en el amor a Dios –por sobre todas las cosas– y en el amor al prójimo como a nosotros mismos. De tal manera que cuando releemos los Mandamientos en este tiempo de Cuaresma, y Semana Santa, se nos invita a que revisemos con sencillez y sinceridad nuestra vida.
¿Qué tanto permanecemos fieles a Dios?
Y ¿Qué tanto nos comportamos como hermanos amorosos de los demás?

Repasemos los Mandamientos, haciendo una revisión, un examen de conciencia, porque este tiempo es para volver a nuestra fe, volver a nuestra esencia de la vida cristiana.

Un signo que para muchos resulta desconcertante fue cuando el Señor expulsó a los vendedores del templo.
Dice el Evangelio que “muchos creyeron en Él, al ver los prodigios que hacía…
Pero Jesús no se fiaba de ellos porque los conocía a todos, y no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque Él sabía lo que hay en el hombre”.
Él sabe lo que hay en nuestro interior, lo que hay en lo más profundo de nuestro corazón, no lo podemos engañar.
Podemos guardar las apariencias de que lo reconocemos, de que lo amamos, de que lo invocamos, pero Jesús sabe si nuestras manifestaciones en realidad son sinceras, si son de convicción y si son expresiones de coherencia de vida.
En el corazón de cada persona, el Señor quiere hacer su templo, quiere habitar, ahí quiere vivir, y por eso quiere que sea un lugar sagrado, es decir, coherente, convencido.

De este espacio, Jesús es celoso, y quiere arrojar de nuestro interior todo lo que estorba, todos aquellos negocios sucios que hacemos con nuestro corazón.

Jesucristo no quiere que nuestro corazón se desvirtúe, porque quiere que sea el templo sagrado donde Él habite.
Quiere expulsar de nuestro interior todo aquello que ofende nuestra dignidad y que ofende a Dios en la persona de nuestros hermanos.
No debemos adoptar comportamientos que desprestigien a los demás y a Dios. Equivocadamente lo cuestionamos y sentimos que nos invade, porque nos incomoda, quisiéramos que nos deje libres de hace lo que queramos con él.
Lo que en realidad el Señor quiere es que seamos interiormente libres, resucitados.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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