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Jesucristo, al inicio de su predicación, anunció que el Reino de Dios ya estaba en medio de nosotros, y urgía al arrepentimiento. Él nos lo quiere hacer entender presentándonos ejemplos muy sencillos, con parábolas, aunque ninguna de ellas lo defina completamente.
Pero sí podemos deducir de las parábolas lo que el Señor nos quiere dar a entender con el Reino de los Cielos. La principal realidad de este Reino es que Dios es nuestro padre, quiere manifestarse y amarnos como un verdadero padre; ésta es su voluntad.
Y de nuestra parte, el Reino de los Cielos significa que aceptemos que Dios es nuestro Padre, y nos comportemos como hijos.
Jesucristo es el Reino en persona, es el Hijo amado, enviado y obediente del Padre, y que entrega su vida por voluntad del Padre. Esta verdad es para aceptarla y hacerla vida. Descubrirla es una gracia.

Descubrir la verdad que Dios es nuestro Padre y que nos dejemos amar como verdaderos hijos y nos comportemos como tales, es el tesoro más grande que podemos obtener en esta vida.

Todo lo demás es secundario, no es esencial, no es indispensable, se acabará cuando se acabe nuestra peregrinación en este mundo, y lo único que permanecerá es el amor del Padre que nos reconoce como hijos, que nos creó, que nos hizo parte de su mismo Hijo, y nos quiere recibir en la vida eterna.
Esto es lo máximo.
El Reino de Dios está sembrado en nuestro corazón. Lo que hace falta es que lo dejemos crecer hasta que se convierta en un arbusto donde puedan tener un lugar todos, porque somos hermanos, hijos de un mismo Padre.

Por eso, los frutos del Reino son la justicia, el amor, la paz, la santidad, que todos nos veamos con la misma dignidad, que todos tengamos las mismas oportunidades.

Si amamos a Dios por encima de todo, el Reino de Dios está presente en nuestra vida, amando a nuestros hermanos. En la medida en que reconozcamos a los demás como verdaderos hermanos, los amemos, los respetemos, los perdonemos y nos reconciliemos, el Reino de Dios se está haciendo presente.
Jesús, en la oración del Padre Nuestro, nos enseña que nos dirijamos a Dios como Padre, le pedimos que venga su Reino, y que a nadie falte el pan de cada día, que nos perdonemos unos a otros, que no nos dejemos vencer por la tentación y cumplamos su voluntad.
En el Padre Nuestro está la síntesis de lo que Cristo nos quiere enseñar respecto al Reino de los Cielos.
El Señor nos presenta parábolas en las que hace mención al juicio final.
Todos estamos en su red. La lanza para que todos podamos experimentar su amor sin distinción, para que, mientras estamos en esta red, hagamos las obras que nos llevan al Cielo, y evitemos las obras que nos separan del amor de Dios y del amor a los hermanos, porque si no, tenemos el riesgo de que el pescador nos deseche como pescados malos.
Se nos vuelve a decir que habrá un juicio, pero en ese juicio Dios no quiere condenarnos, nos da muchas oportunidades para que hagamos crecer su Reino plantado en nuestros corazones.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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