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Cristina Elizabeth Díaz Morales

El sentimiento más fuerte que hay es el amor, ese que te hace levantarte para seguir, para buscar en vida y también en muerte, es la fuerza de este sentimiento, el que también te levanta de entre las cenizas para encontrar a ese ser querido que un determinado día, desapareció.

Con respeto y admiración para todas las madres buscadoras”

¿Cuál es el amor más grade y puro que se pueda sentir?, sin temor a equivocarme, mi respuesta sería el amor de una madre, ese amor que te impulsa a hacer lo impensable, a dar lo mejor de ti, a derribar barreras, vencer miedos, vencer obstáculos, ese amor que hace que la vida tenga sentido cuando ves en los ojos de tus hijos la vida misma, y es también, el amor por un hijo, el que te hace salir del dolor, superar el dolor y hacer que te levantes de las mismas cenizas.

El dolor por perder un hijo, es relativamente proporcional al amor que se le tiene, es un dolor que no se le desea a nadie, sin embargo, hay un dolor aún más grande y más desgarrador, que es de tener un hijo desaparecido porque el corazón, la mente y el alma no descansan por imaginar ¿dónde puede estar?, ¿en qué condiciones puede estar?, si sufre hambre, frio o simplemente si está bien.

Inicia la agonía

Cristian Alexander, era una adolescente de 16 años, el menor de los tres hijos de Estela, el 31 de diciembre del 2019, salió de su casa ubicada en la colonia Heliodoro Hernández Loza, en Guadalajara, para acompañar a un conocido a vender una moto, ese día fue el último que lo vio su mamá, ya no regresó.

Ese día, comenzó el calvario para ella, ahí empezó la búsqueda de su “niño”, así le dice de cariño porque una madre siempre ve a sus hijos pequeños y, con mayor razón, si es el menor.

Con su corazón desquebrajado y con las palabras que apenas salen de su garganta, llenas de dolor, recuerda ese calvario y se describe como una mujer “muy aferrada” que comenzó la búsqueda, a pesar de estar hecha pedazos por dentro.

Todos los días, Estela se levantaba a las siete de la mañana, ponía en su pequeña mochila agua y un poco de comida para salir a buscar, a veces a lugares específicos y otros a campo abierto, adonde su corazón, su intuición de madre la llevaba.

“Yo soy muy aferrada, yo estaba hecha pedazos, tirada en la cama de mi cuarto llorando, cuando vi en la televisión que aquí en la ciudad, había una brigada de búsqueda (hace un par de años), inmediatamente me puse los zapatos y corrí a donde estaban, porque dije: yo los voy a buscar y ellos me van a ayudar y ahí empecé con mi búsqueda al lado de otras madres en mí misma situación”.

Buscando bajo tierra

Cuando comienza una búsqueda inmediata, los sentimientos están a flor de piel, las ideas se confunden, la desesperación se apodera de la razón, porque lo que se quiere en el momento es encontrar y, como madre siempre se tiene la esperanza de localizar con vida a tu hijo, aunque a veces no sucede así.

“Como mamá nunca te imaginas que te vas a levantar y vas ir buscar a tu niño a la calle o vas abrir una fosa y vas encontrar partes del corazón de alguien más, yo muchas veces le pedí a Dios que nunca me dejara encontrar a mi hijo así y, así encontré a mi niño”.

Los ojos de Estela no pueden contener sus lágrimas al recordar de nuevo todo lo que vivió al buscar a su hijo. Ella confiaba en encontrarlo con vida, porque al día siguiente de su desaparición, recibió una llamada en donde le decían que ya habían investigado a su hijo, habían revisado su celular y que él no tenía nada qué ver, sin embargo, jamás volvió a recibir otra llamada.

@arquimedios_gdl

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