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Fabián Acosta Rico

UNIVA

El mundo está cambiando vertiginosamente siguiendo los campases de una revolución tecnológica y cultural que promete entregarnos un futuro en el que todo será nuevo. Esta renovación no ha sido para nosotros para nada novedosa o sorprendente; aunque incesante nos hemos expuesto a la transformación de una sociedad donde imperaba la tecnológica analógica a otra que le dio la bienvenida a lo digital en escasa décadas; para ser precisos de los noventa para acá.

El espacio periodístico que cubro dentro del Semanario con la columna Modernidad Líquida, intenta estar al día con la transformación que sufren las naciones y la globalidad en general bajo la premisa de que la tecnología y sus artilugios, no sólo han hecho más cómoda nuestras vidas, dándonos también eficaces herramientas que mejoraron exponencialmente nuestro desempeño laboral; entiendo también que este mundo de máquinas complejas y de avances científicos está incidiendo en nuestra forma de pensar, entender y abordar la realidad.

La propia realidad muestra nuevas facetas; hablamos hoy de realidad virtual y realidad aumentada; en el mundo de los videos juegos igual que en la cultura pop hay universos imaginarios a los que acceden con gusto, para su recreación y entretenimiento, sobre todos los niños, los jóvenes y los jóvenes adultos de las generaciones nativo-digitales.

En estos universos palpita un esoterismo de masas en el que desfilan magos, demonios, brujas, elfos, dioses… a los que ya están habituados, culturalmente, nuestros millennials y centennials; quienes, en su inmensa mayoría, siguen alguna serie, anime, manga, comic, películas… de fantasía o ciencia ficción lo anterior me lleva a preguntarme si este mercado mundial de las religiones y de los esoterismos no está eclipsando a las religiones tradicionales y en especial no le están pegando a la Fe católica.

Ante un futuro cada vez más cercano en el que seremos capaces, biotecnológicamente, de retar a la muerte y en el que priva ya por adelantado una post-secularización con su carnaval de nuevos y viejos esoterismo, los católicos necesitarán de reencontrarse con las verdades eternas del Evangelio en la convicción de que la plenitud y la felicidad sólo son alcanzables en la amorosa y perfecta comunión con Dios.

En este contexto de la postmodernidad será cada vez más un reto mantenerse fiel a una convicción religiosa que nos pide confiar en un ser Divino que tuvo a bien enviar a su hijo primogénito redimirnos. Es de mucha oportunidad que el Semanario se resista a la tentación del avestruz y en sus páginas de cabida a las plumas que estén dispuestas a reseñar y describir el mundo que está por venir: uno en el que la Religión Católica tendrá cabida y futuro si se sabe, oportunamente, adaptar a los nuevos imaginarios religiosos y a esta nueva realidad sobre-tecnologizada.

@arquimedios_gdl

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