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Hermanas y hermanos en el Señor:

El regalo más grande que nos mereció Jesús con su muerte y su Resurrección fue darnos al Espíritu Santo, su presencia en medio de nosotros de una forma permanente. Es la mayor prueba de su amor y su misericordia.
Jesús murió y resucitó para liberarnos de nuestros pecados, para reconciliarnos con nuestro Padre Dios y para hacernos criaturas nuevas.
Él irrumpe en nuestros corazones, muchas veces cerrados por el miedo, la desconfianza, el mal y el pecado, pero no nos
amenaza, no nos condena, sino que llega
a nuestro corazón para ofrecernos su paz.
Nos recuerda con su cuerpo resucitado lo que hizo para que tengamos vida, para que –reconciliados– experimentemos la infinita misericordia de Dios.

Nos damos cuenta del efecto que la Resurrección de Jesús produjo en todos sus discípulos, que se organizaron en comunidad, como quien tiene un solo corazón, una sola alma.

El primer fruto de la Resurrección de Jesucristo fue, entonces, el nacimiento de la comunidad de los discípulos. Desde entonces, los cristianos nos reunimos ininterrumpidamente, para celebrar la Resurrección en el domingo. Lo hacemos en la fe, en la convicción de que Cristo vive, nos reúne y nos da vida.
Si en la primera comunidad dio fruto la Resurrección, ahora nosotros nos podemos preguntar, con sencillez y humildad, ¿qué efectos tiene en mi vida, en mi familia, en mi comunidad? ¿Hay algún cambio en mi vida, en mi familia, en mi Parroquia? ¿Hay alguna novedad o todo sigue igual?
Si todo sigue igual en mi vida, si nada nuevo produce en mi vida y nada cambia en ella el anuncio de la Resurrección, debemos de preocuparnos.

Si en mi familia tampoco cambia nada, y seguimos con los mismos problemas, las mismas dificultades, conflictos y divisiones; si en la Parroquia a la que pertenezco todo sigue igual, si nada cambia, nos tenemos que ocupar y preocupar, porque la noticia alegre del triunfo del Señor sobre la muerte no nos puede dejar indiferentes.

El anuncio es que prevalezca la caridad, la fraternidad, el perdón y la reconciliación. Que prevalezca la familia, la comunidad y la Iglesia que nos mereció con su sangre.
Es posible que algunos de nosotros tengamos la dificultad que tuvo Jesús en su grupo de discípulos (la traición de Judas, la negación de Pedro, la duda de Tomás), que tengamos alguna actitud negativa. La Resurrección del Señor no todos la reciben bien.
Es posible que seamos de la familia de Tomás, que queramos ver con claridad todo lo que se nos dice, y si no vemos y tocamos, no creemos.
Pero Tomás, al final, aprovechó la oportunidad de la gracia que Jesús le ofreció, porque el Señor siempre nos da una oportunidad, e irrumpe en nuestro corazón (que niega, que duda, que traiciona) para darnos su paz.
Recuperemos la vida nueva, la vida plena que nos mereció Jesucristo, y reemprendamos una etapa en nuestra vida que sea expresión y testimonio de nuestra fe en Jesús resucitado.
El misterio de la misericordia es el amor que Dios nos ha manifestado dándonos a su Hijo, y en el amor que Jesús nos ha manifestado muriendo por nosotros y resucitando para nuestra salvación.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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