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(Segunda parte)

Pbro. Miguel Mendoza López

Anteriormente tratamos acerca de la reciente Carta Apostólica «Desiderio desideravi» que el Papa Francisco ha escrito sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios. Abordamos, entonces, su antecedente histórico –la Constitución Conciliar sobre la Sagrada Liturgia con la reforma litúrgica que promovió– y la real necesidad de educación litúrgica que actualmente hay en muchos miembros de nuestra Iglesia. Ofrecemos, ahora, una breve relación de su contenido.

La Carta Apostólica «Desiderio desideravi»

El texto que nos ocupa es principalmente una meditación teológica sobre el valor, la belleza y profundidad de la liturgia, recordándonos su centralidad en la vida de fe y cómo debemos recuperar el temor reverencial en las celebraciones litúrgicas, principalmente la Eucaristía.

El Santo Padre comienza citando las palabras de Jesús al inicio del relato evangélico de la última Cena: «Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer» (Lc. 22, 15). A la luz de ese versículo de la palabra de Dios, el Papa Francisco nos invita a valorar las acciones litúrgicas como lugar teologal, es decir, lugar de encuentro con Dios: «la Liturgia nos garantiza la posibilidad de tal encuentro. No nos sirve un vago recuerdo de la última Cena, necesitamos estar presentes en aquella Cena, poder escuchar su voz, comer su Cuerpo y beber su Sangre […] En la Eucaristía y en todos los Sacramentos se nos garantiza la posibilidad de encontrarnos con el Señor Jesús y de ser alcanzados por el poder de su Pascua […] El Señor Jesús que inmolado, ya no vuelve a morir; y sacrificado, vive para siempre, continúa perdonándonos, curándonos y salvándonos con el poder de los Sacramentos» (n.11).

En seguida, el Santo Padre nos exhorta a procurar el ars celebrandi o «arte de celebrar» mediante el cuidado de los distintos aspectos de la celebración litúrgica, desde el espacio, tiempo, gestos, palabras, objetos, vestiduras, cantos, música… hasta nuestra disposición interior y el modo en que participamos de dicha celebración. Particularmente, a los ministros del culto les dice:

«Si bien es cierto que el ars celebrandi concierne a toda la asamblea que celebra, no es menos cierto que los ministros ordenados deben cuidarlo especialmente. Visitando comunidades cristianas he comprobado, a menudo, que su forma de vivir la celebración está condicionada –para bien, y desgraciadamente también para mal– por la forma en que su párroco preside la asamblea […] He aquí una posible lista de actitudes que, aunque opuestas, caracterizan a la presidencia de forma ciertamente inadecuada: rigidez austera o creatividad exagerada; misticismo espiritualizador o funcionalismo práctico; prisa precipitada o lentitud acentuada; descuido desaliñado o refinamiento excesivo; afabilidad sobreabundante o impasibilidad hierática. A pesar de la amplitud de este abanico, creo que la inadecuación de estos modelos tiene una raíz común: un exagerado personalismo en el estilo celebrativo que, en ocasiones, expresa una mal disimulada manía de protagonismo.

Esto suele ser más evidente cuando nuestras celebraciones se difunden en red, cosa que no siempre es oportuno y sobre la que deberíamos reflexionar. Eso sí, no son estas las actitudes más extendidas, pero las asambleas son objeto de ese “maltrato” frecuentemente» (n. 54).

En conclusión, el Papa Francisco nos invita a todos los miembros de la Iglesia, pastores y fieles, para que no descuidemos nuestra educación litúrgica procurando aquella formación que nos ayude a redescubrir la centralidad de la liturgia y a vivirla mediante la recuperación del sentido simbólico y el arte de celebrar bien.

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