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Celina María Zepeda Gutiérrez

En 2015, sor Teresa decidió consagrar su vida al Señor y fue en diciembre pasado cuando profesó los votos perpetuos que le han convertido en “esposa de Jesús para toda la eternidad”.
Su día inicia a las 6 de la mañana con el rezo de Laudes y termina a las 9:30 de la noche con la última oración. Durante la jornada tienen momentos para la oración, la sagrada Eucaristía, el rezo del Rosario, el descanso, la preparación y la recreación; la mayor parte del tiempo están en silencio.
“Nuestros alimentos, lo ordinario es que los tengamos en silencio, aunque estemos en comunidad. Hay una hermana que en la comida y en la cena está leyendo algo de nuestras constituciones, de nuestra regla, de las Sagradas Escrituras; tenemos la sana costumbre de leer algo de Semanario. Buscamos una lectura espiritual que nos ayude, pero que también nos informe de lo que está sucediendo. Cuando terminamos los alimentos, nuestra Madre da un saludo y eso nos indica que ya podemos hablar, compartir y sacar todas las energías”.
Los domingos son más libres, cada quien tiene una actividad; ya sea leer, practicar la costura, dibujar o tocar algún instrumento. Este día y en solemnidades pueden hablar durante las tres comidas.

“Nuestra vida está hecha de cosas muy pequeñitas, entonces consiste en hacer lo ordinario extraordinario y nuestra vocación es, como dice santa Teresita: amar y hacer amar a Dios”.

SE RESPONDE AL AMOR
Cuando sor Teresa se sintió llamada a esta vocación sentía mucho dolor de ver que el mundo no conoce a Dios, que no lo ama y tuvo el deseo de estar con Él, de amarlo por los que no lo hacen.
“Cada vocación es algo extraordinario, yo era una muchacha del mundo, me gustaba la fiesta y no me gustaba estar encerrada; era muy amiguera y hasta vanidosa, no podía andar sin maquillaje. A mí el Señor me llamó a la edad de 34 años”.
En su Parroquia la invitaron a participar en un Viacrucis viviente y en el momento de la crucifixión, mientras sonaba la canción de “Nadie te ama como yo”, sintió como si el Señor le estuviera hablando. Experimentó entonces lo que muchas personas dicen que sienten cuando van a morir: “En unos segundos vi toda mi vida, sobre todo mis pecados y cosas en las que ofendí al Señor, pero jamás sentí reclamos de su parte sino que me sentí amada y perdonada, y entonces lloré mucho, fue como apropiarme de la Pasión del Señor sin que yo lo pidiera, Él así me lo regaló y así lo experimenté, sentí su misericordia y mucho arrepentimiento”.

EL CAMBIO DE VIDA
A partir de ese momento su vida tomó un rumbo diferente, pues sintió la necesidad de ir a Misa todos los días, de estar en gracia para recibir la Eucaristía, las cosas que antes le llenaban, ahora eran vacías.
Le pidió a la Virgen Santísima que le ayudara a conocer a su Hijo y de esa manera le fue poniendo cosas en su camino para ir descubriendo su vocación.
“El día de mi cumpleaños le dije al Señor: ‘te pido que me digas qué quieres de mí porque no me hallo aquí ni allá’, y pues me contestó cuando fui a un retiro vocacional e iba de regreso a mi casa, me dijo que me quería para consagrarme a Él. Fue muy fuerte para mí, no me veía como monja, pero Él me fue ayudando”. Sor Teresa sintió el deseo de estar en un lugar encerrada, donde nadie la conociera ni la viera, fue así como llegó con las Carmelitas Descalzas de la Hoguera. Lo que más le impactó al llegar fue ver la reja, pues pensó que para sus papás sería muy difícil tener menos contacto físico, pero ella siempre confió en santa Teresita y le decía: “ayúdame si es lo que el Señor pide de mí”.

DEJAR TODO ATRÁS
Cada mes ve a sus familiares, se saludan a través de la reja, platican y conviven.
Menciona que es muy bonito porque la relación con la familia cambia, el Señor los une más aunque físicamente ya no estén tan cerca: “cuando los ves es diferente, valoras más, aprecias más, la relación cambia para bien”.
Para ella, el camino de plenitud sólo se lo da Dios, porque el mundo ofrece muchas cosas, pero realmente Él lo es todo.

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