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José de Jesús Parada Tovar

El término longevidad, aplicado a los longevos respecto a la cuantía de muchos años de vida, proviene del vocablo latino longus-longi, que se traduce como largo. Es decir, sinónimos de longevo son: viejo, anciano, geronte, adulto mayor; personas cuya existencia se ha extendido por largos años.

Convencionalmente, se considera en ese rango a los humanos que han llegado a la edad sexagenaria o la han rebasado, si bien para efectos de otro tipo de clasificaciones ha ido subiendo la tasa de años, o al menos esa es la pretensión, con tal de regatearles prestaciones por justos méritos laborales. En contrapartida, y escandalosamente irónico, resulta de plano imposible conseguir un empleo bien remunerado desde los 40 años, y muchísimo menos en la etapa de la ancianidad, por más que abunden los casos de salud aceptable, de trayectoria con responsabilidad, capacidad y honestidad, y con necesidad económica apremiante.

De seguro, el Censo Nacional que levantará el próximo año 2020 el INEGI, arrojará sorprendentes datos en relación con los segmentos de la población y sus edades. Si por una parte han descendido las tasas de natalidad, debido, entre otros factores, a los crecientes controles de reproducción e incluso a tantos abortos, lo cual ha hecho declinar ya notoriamente las cifras de la población infantil, por otra parte ello repercute y afecta a los de adelante. Esto es, sí hay una masa poblacional mayoritaria instalada entre la adolescencia y la juventud (de 12 a 35 años), que va empujando con fuerza al sector de la senectud, al que va sumándose progresivamente con todas las agravantes que conllevan el desempleo, las enfermedades e incapacidades o discapacidades de todo género.

¿Hay más casas de cuna, guarderías u orfanatorios que asilos para ancianos? Y, de éstos, ¿qué Autoridades se encargan de revisar y garantizar sus dignas condiciones de alojamiento, trato, precios adecuados y cuidados especiales? ¿A qué instancia le atañe atender legalmente, hasta sus últimas consecuencias, el desprecio e incuria hacia los viejitos hasta en su mismo domicilio o cuando están de “arrimados”?

Bien cabría reflexionar, con base en la Historia y la mera observación al alcance, acerca del lugar que se concede a los viejos en cualquier etnia de nuestros hermanos indígenas. Entre ellos, en cada Comunidad, son objeto de veneración y respeto. Forman parte de un Consejo para todo tipo de deliberaciones. Se les llama “mayores” (a hombres y mujeres) por el cúmulo de sabiduría, prudencia y conocimientos que les da la experiencia y el apego a usos y costumbres que miran al bien de todos.

¿Acaso habrá albergues exclusivos para ellos en las remontadas células que habitan? Lo dudo. Más bien, en los pueblos autóctonos, a los viejitos se les resguarda en casa con las consideraciones que les son factibles.

En nuestros ancianos, en general, puede constatarse no solamente el alargamiento de su existencia, sino la virtud de su largueza, que quiere decir desprendimiento, generosidad, disposición para servir en lo que les sea posible. Son, ahora, cuidadores de nietos, mandaderos y todo lo que se ofrezca y puedan todavía hacer.

Además, habría que ponderar, al menos someramente, sus méritos en el pasado, sin excluir sus errores pero abonándole, con gratitud y sin reproches, a sus cualidades, esfuerzo y buenas intenciones.

Para quienes se jactan de suficiencia en estos tiempos de renovada y sofisticada tecnología, y creen haber fundado el mundo a partir de su nacimiento, habría que ponerles a prueba su omnisciencia, tan sólo preguntándoles los nombres y origen de sus cuatro abuelos y ocho bisabuelos -sin llegar a los 16 tatarabuelos-, de quienes portan algo de su propia sangre. Lo cierto es, aunque pese aceptarlo, que “Todas las generaciones somos compatibles y amigables, simplemente por el hecho irrefutable de que somos contemporáneas”. Y es que los futuros aún no vienen, y los viejitos todavía andan aquí.        

@arquimedios_gdl

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