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Laura Castro Golarte

Plano iconográfico de la ciudad de Guadalajara de la Nueva Galicia de 1745. En este plano se puede apreciar cómo la ciudad llegaba, por el viento norte, al Colegio de Niñas de San Diego; es de suponer que más allá estaba la Villa de Cincuenta.

Una de las cualidades que se le reconocen a fray Antonio Alcalde es su visión, en todos los sentidos, trabajo, educación, ciudad, salud y alimento espiritual.
En aquellos últimos años del siglo XVIII Guadalajara enfrentó serios problemas, particularmente sequía, hambre y enfermedades. La situación no era nada fácil y muchos murieron. Los tapatíos de entonces, sin embargo, contaron con la protección de su obispo, el fraile de la calavera.
Continuamos con la exposición de la vida y la obra del fraile dominico y toca ahora abordar su intervención para que Guadalajara creciera hacia el norte. No existía el Santuario de Guadalupe y más hacia el norte, hacia lo que ahora podríamos identificar como Mezquitán, había un pueblo que se llamaba o le decían Villa de Cincuenta porque ya eran muchas las personas que vivían ahí.
¿Qué pasó? El Ayuntamiento de Guadalajara le pidió a fray Antonio Alcalde que promoviera la construcción de un Santuario porque en esa parte de la ciudad había mucha gente que no tenía acceso o le costaba trabajo llegar a catedral y necesitaba un templo donde recibir alimento espiritual más cerca de su vivienda.
El obispo no sólo dijo que sí, sino que se puso a trabajar de inmediato. El ayuntamiento sólo puso el terreno, que no era poca cosa, pero la idea integral del proyecto la discurrió Alcalde. Implicaba el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, un conjunto de casas que conocemos como las Cuadritas y de la que se conserva una, entre otras obras. Además, ordenó la compra de los materiales por adelantado con lo que reactivó el comercio; y, por supuesto, en la construcción de las obras se ofreció trabajo a gente que no tenía empleo después del año del hambre: artesanos, carpinteros, herreros y albañiles.
Voy por partes: era un proyecto integral y de gran alcance que tenía como centro el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.
Todo lo que implicó el proyecto fue una empresa de avanzada, extraordinaria, que, además, fue reflejo fiel de la personalidad y el carácter de fray Antonio Alcalde.
Me refiero a algo que alguna vez referí aquí: el dominico no esperó el consentimiento real para ordenar el inicio de la fábrica del templo, con la seguridad de que era totalmente a sus expensas y convencido de su utilidad:

[…] en lo que toca a la primera parte de la representación del Reverendo Obispo, nada hay que hacer en el día mediante a estar concedida la licencia por Su Majestad pues, aunque emprendió la obra antes de llegar el permiso, a nadie hizo perjuicio costeándola el mismo Prelado, y además de eso fue con un fin muy fervoroso y devoto, y el mismo que movió a Su Majestad y al Consejo a conceder la licencia.

Este y otros documentos forman parte del fondo histórico que se está conformando para la causa de canonización del Siervo de Dios. La construcción de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe fue un caso, justo porque se empezó a edificar antes de que el rey autorizara y eso no era posible en aquella época. El expediente contiene manuscritos de los años 1777, 1778 y 1779.
Su visión tenía que ver con resolver necesidades espirituales y de sobrevivencia de un sector de la población que vivía en la pobreza y alentar el crecimiento de la ciudad hacia el viento norte con la fundación de un barrio que incluiría vivienda, medios de subsistencia, escuelas y, claro está, parroquia, dedicada a la Virgen de Guadalupe. Una idea redonda.
En el siguiente párrafo, queda clara la integralidad de la obra:

[La Parroquia de Guadalupe] se fundó y erigió por mí; las fábricas, cuasi todas, que la rodean, se han levantado a mi solicitud y expensas, el mayor número de gente avecindada en aquel sitio las contemplo trasplantadas de mi cuenta. Es natural el amor a lo que se cría y debiendo considerarnos de algún modo obligados a su conservación, aumento y alivio, fue preciso radicar allí esta Congregación y las escuelas de ambos sexos para que el atractivo de ellas estimule a la residencia, y aquellas gentes pobres, que por eso mismo merecen nuestra particular atención, lograsen el beneficio y comodidad en alguna preferencia, aunque sin exclusión de las demás del lugar.

Este es un fragmento de la carta del Obispo de Guadalajara a los miembros de la Junta Subalterna de Aplicaciones y Temporalidad, una entidad a la que había que rendir cuentas. En la siguiente entrega continuaré con el Santuario de Guadalupe.

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